Giuseppe Abbati: El claustro del monasterio de Santa Croce

El Claustro Del Monasterio Con Mármoles Amontonados Y Un Trabajador En La Sombra Del Pórtico
Detalle Del Claustro Del Monasterio De La Santa Cruz, Donde Giuseppe Abbati Representa Con Amplias Manchas De Color Los Mármoles Y Al Trabajador En La Sombra Del Pórtico.

Un hombre está sentado de espaldas a nosotros, con la cabeza envuelta en una tela azul celeste, apoyado en una baja barandilla de piedra. A su alrededor se extienden de manera desordenada bloques de mármol blanco, unos en vertical y otros caídos de lado unos sobre otros, mientras más allá las piedras oscuras forman un volumen casi negro dentro de la sombra del claustro. Se trata del claustro del monasterio, conocido en italiano como Interno di un chiostro, obra que pintó el italiano Giuseppe Abbati hacia 1861, registrando las labores de restauración que se desarrollaban entonces en el recinto del monasterio de la Santa Cruz, en Florencia. El cuadro se conserva hoy en la Galería de Arte Moderno del Palazzo Pitti.

Nacido en Nápoles en 1836, el creador se encontraba en Florencia a comienzos de la década de 1860, donde se vinculó al grupo de los Macchiaioli, pintores que buscaban representar la luz mediante amplias manchas de color contrapuestas entre sí. El monasterio de la Santa Cruz estaba entonces en proceso de restauración. Los materiales amontonados, los obreros, las sombras de los pórticos: todo ello ofrecía al joven artista un tema ideal para la pintura que aspiraba a practicar. Azul, marrón, blanco, verde oscuro: estas pinceladas construyen una composición que se aproxima a la abstracción, aunque el motivo siga siendo plenamente reconocible.

El claustro del monasterio como campo de arte y de luz

La composición se organiza en tres franjas horizontales, cada una con su propia lógica cromática. En la parte superior se extiende una oscuridad profunda, de la que apenas emergen las columnas amarillas del pórtico, iluminadas de lado como si las rozara un rayo que nunca alcanza el fondo. Entre ese tramo sombreado y el suelo se despliega la zona de las piedras labradas, bloques cortados con poca pulcritud, algunos en gran medida cúbicos, otros alargados e inclinados, como si hubieran caído allí en el instante en que alguien los dejaba con prisa. Las piezas más oscuras de la derecha, quizá piedra de distinta calidad o simplemente mármol ensuciado por el uso, quiebran la blancura de la hilera y dan al conjunto un ritmo irregular, casi musical.

Sentado al borde de la barandilla, de espaldas al espectador, el obrero no deja ver su rostro en ningún momento del cuadro. El azul de su gorro es la única nota intensa de color en la zona superior sin sol, un indicio que atrae de inmediato la mirada antes de que esta descienda hacia las piedras. Ningún detalle delata su identidad, ni herramienta ni gesto alguno, sólo la postura de un cuerpo que descansa o contempla, junto a un trabajo todavía inacabado. En la parte inferior, la tierra del patio se extiende desnuda hasta la esquina donde brota la hierba, dos texturas que Abbati resuelve con espesores sensiblemente distintos, una lisa y casi transparente, la otra densa, apenas en relieve.

La obra va más allá de la mera representación de una escena religiosa o de la pintura de costumbres del trabajo. La mirada del pintor se concentra en la oposición entre luz y sombra, en la geometría formada al azar por las piedras amontonadas, en un momento de reparaciones que él mismo visitó repetidamente, dejando circular hoy más de una versión de este mismo patio en colecciones públicas y privadas. Su arte aquí traduce con desnudez realista tanto el espacio como la presencia humana. (Traducido del texto griego original por D. Alexandraki)