Masseot Abaquesne: Pavimento Cerámico del Renacimiento

Pavimento Cerámico Del Renacimiento Francés, Masseot Abaquesne, Figura Femenina
Detalle Del Pavimento Cerámico Del Renacimiento De Masseot Abaquesne, 1557, Con Figura Femenina Bajo Una Pérgola De Hojas De Vid, Arte De La Época Francesa.

Un conjunto de pequeños azulejos vidriados, ensamblados en un marco cuadrado, compone el pavimento que Masseot Abaquesne entregó en 1557 a Claude d’Urfé, embajador en Roma y posteriormente supervisor de los hijos de Enrique II. Se trata de un fragmento de la grada del altar en la capilla del castillo de la Bastie d’Urfé, en la región de Forez, aquella sección que fue juzgada lo bastante valiosa como para terminar hoy en las salas del Louvre.

Abaquesne, nacido alrededor de 1500 en Cherburgo y establecido en Ruan, es considerado el primer ceramista francés importante del Renacimiento, conocido por los pavimentos policromados y los vasos farmacéuticos de su taller, hasta su muerte en 1564. La composición que sigue combina motivos vegetales y una figura femenina central, dentro de un lenguaje tomado del vocabulario decorativo italiano de la época.

En el centro, una figura femenina se halla de pie sobre un pedestal bajo, vestida con un ropaje azul de mangas largas, una de sus manos sosteniendo un tronco largo en forma de báculo que llega hasta los azulejos a sus pies, la otra alzada cerca del hombro con algo que asemeja una llama. Por encima se extiende una pérgola abovedada de madera oscura, cubierta con hojas de vid en racimos, elemento que remite a aquellos modelos que Rafael estableció en las Logias del Vaticano. Lazos y adornos cónicos colgantes enmarcan los extremos, dos macetas con frutos azules se erigen a ambos lados del pedestal, con un zarcillo en espiral a la izquierda y un emblema alado con una corona sobre un libro abierto a la derecha. Más abajo, dos vasijas floridas de cuello azul sostienen las esquinas, mientras dos figuras aladas con rostro humano flanquean frente a frente una guirnalda colgante que termina en una corona, con diseños vegetales serpenteantes hasta las esquinas inferiores, donde dos rosetas oscuras cierran la composición.

El desgaste del vidriado no sustrae nada de la viveza del amarillo de la tierra cerámica, del azul cobalto, del verde de las hojas. Colores cocidos mediante la técnica del grand feu, aquella que resistió más de cuatro siglos bajo los pies de quienes subían hacia el altar.

(Esta es una traducción del texto griego y la traducción fue realizada por E. Georgiou.)