
La figura de san Máximo el Kausokalivites —el asceta que da nombre a la skiti homónima— queda plasmada en un fresco de 1820 situado en el interior del nártex del Kiriakón, en el extremo suroriental de la península athonita. El santo se representa de frente, como un anciano de larga barba blanquecina y cabello desgreñado, envuelto en un manto oscuro que se abre en los hombros. Asoma por debajo el analabos verde con las cruces rojas del gran hábito, signo este de la máxima jerarquía de la vida monástica. Se distingue bajo él una túnica de tono anaranjado rojizo, color que en la tradición pictórica pertinente de la época actúa a menudo como contrapunto a la pesadez del atuendo exterior. Su mano derecha sostiene una cruz blanca, mientras que la izquierda, con la palma abierta, se extiende hacia el espectador, un gesto que en la iconografía posbizantina remite a la virginidad y a la áspera vida del desierto. Del carpo pende un komboskini. El fondo azul profundo, salpicado de estrellas doradas, y el nimbo dorado en relieve componen el vocabulario escenográfico típico de los nártex en las skitis del monte Athos, donde el carácter celestial del espacio se proclama mediante el firmamento estrellado en torno a la efigie. Junto a la cabeza se conserva una inscripción bífida que identifica al santo, la cual acusa cierta influencia de la estipia eslava —elemento habitual en los talleres athonitas de aquel período, toda vez que el trasiego de monjes y donantes entre el monaquismo helenófono y el eslavófono dejaba su impronta en la configuración de los textos—.
El beato Máximo vivió en el siglo XIV y falleció hacia 1365, célebre por su inveterada costumbre de abandonar cualquier choza que edificaba, prendiéndole fuego antes de llegar a apropiársela para no detentar jamás propiedad alguna. De esta práctica le vino el sobrenombre. Un dictado que ulteriormente bautizaría al propio asentamiento monástico, organizado a principios del siglo XVIII por el beato Acacio el Nuevo el Kausokalivites, quedando el templo principal oficialmente reconocido en 1745. La pintura mural obra consiguientemente a modo de deliberado recordatorio visual de la identidad del lugar para cuantos lo atraviesan antes de penetrar en el recinto propiamente litúrgico.
Elementos iconográficos y tradición ascética de san Máximo el Kausokalivites
El pintor procura cierta plasticidad, dotando de profundidad al fondo dorado mediante la labranza en relieve del nimbo con ornamentos vegetales entrelazados, técnica frecuente en el arte athonita de comienzos del ochocientos. El rostro del anciano, de ojos hundidos y marcados trazos lineales a su alrededor, se adscribe al tipo consagrado del ermitaño heredado de arquetipos bizantinos precedentes, si bien preserva la singularidad de la ejecución. La barba, espesa en su mitad superior y clareada en delientes mechones hacia abajo, transmite una sensación de movimiento, como si la sacudiera un viento invisible, rasgo que comparece con asiduidad en las efigies de anacoretas del Monte.
La cruz obra, como es natural, en calidad de indicio inmediato de la condición y la autoridad espiritual del anciano; en tanto que el komboskini, aun tratándose de un pormenor discreto, remite a la oración incesante que caracterizaba la existencia hesicasta. Máximo, a guisa de otros grandes hesicastas, se halla consorciado con la tradición de la plegaria noética cultivada en el Athos en aquella época. Su plasmación plástica en el nártex constituye a un tiempo un recordatorio mnemónico y didáctico, dirigido a los monjes que transitan a diario por dicho ámbito camino de la salmodia.
La tensión cromática suscitada entre el sombrío manto y el sustrato anaranjado de la túnica atrae la mirada hacia el foco de la composición. El verde del analabos, con sus cruces rojas primorosamente bordadas, añade un tercer polo cromático que equilibra la representación sin cargarla. Trátase de una solución recurrente en los talleres de Macedonia y el Epiro activos en el Monte Athos durante el Setecientos tardío y el siglo XIX, vectores de una tradición que mantiene vivificado el meollo del arte antiguo en el seno de un perpetuo diálogo con el tiempo.
