Orfeo y Eurídice: el precio de una mirada y los límites del amor frente a la muerte

Orfeo sentado toca un instrumento de cuerda con arco entre animales y aves, en una plaqueta circular de bronce.
Orpheus Master, Orfeo tocando para los animales, Italia, principios del siglo XVI. Plaqueta de bronce, diámetro 10,5 cm. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York, n.º 1986.319.29. Colección Erich Lederer, donación de la señora Erich Lederer, 1986.

Muy cerca de la salida hacia el mundo de los vivos, Orfeo pierde a Eurídice por segunda vez. Con su canto ha conmovido a los soberanos del inframundo y ha conseguido que le devuelvan a su esposa muerta. Solo le queda seguir adelante sin mirar atrás hasta abandonar el mundo subterráneo. Pero se vuelve cuando ella aún camina a sus espaldas, y Eurídice regresa con los muertos.

Los relatos antiguos más extensos que se conservan de este regreso frustrado se deben a dos poetas romanos: Virgilio, en el libro cuarto de las Geórgicas, y Ovidio, en los libros décimo y undécimo de las Metamorfosis. Sus versiones difieren en aspectos sustanciales, sobre todo en la descripción del último instante de Eurídice. El gesto fatal adquiere en cada texto un matiz distinto, y lo mismo ocurre con la despedida de la mujer que se desvanece.

La muerte de Eurídice y el descenso al Hades

En ambos relatos Eurídice muere por la mordedura de una serpiente. En Virgilio intenta escapar de Aristeo, que la persigue, y mientras corre junto al río no ve la serpiente escondida entre la hierba alta. La historia se inserta allí en la narración más amplia de las desgracias de Aristeo y de la pérdida de sus abejas, atribuida al castigo que le infligieron las ninfas por la muerte de Eurídice.

Ovidio prescinde de esa persecución. La recién casada pasea por la hierba en compañía de unas náyades cuando recibe la mordedura mortal en el tobillo. La boda ya había estado marcada por malos presagios: la antorcha de Himeneo humeaba sin dar una llama limpia. Antes incluso de que aparezca la serpiente, el poeta ha introducido la inquietud en el propio rito nupcial.

Del duelo nace la decisión de descender. Ambos poetas sitúan en el Ténaro, en el extremo sur del Peloponeso, la entrada por la que Orfeo pasa al Hades. Su descenso —es decir, la entrada de un vivo en el lugar de los muertos— tiene por objeto reclamar a Eurídice.

La música ante Plutón y Perséfone

En las Metamorfosis de Ovidio, Orfeo se presenta ante Plutón y Perséfone y acompaña su súplica con la lira. Reconoce que todos los hombres acabarán algún día bajo su poder y que, por tanto, también Eurídice volverá a ellos cuando haya cumplido los años que le corresponden. Pide que se le conceda el tiempo de vida que le fue arrebatado antes de hora.

En la súplica cabe también un recordatorio audaz: si es cierta la antigua historia del rapto de Perséfone, el Amor ha unido también a los propios señores del inframundo. Orfeo se sirve de esa afinidad de experiencia para respaldar su petición. Así formula el héroe su argumento dentro del poema, donde el rapto pasa a formar parte de su propio esfuerzo de persuasión.

El canto suspende por un momento los tormentos. Ixión deja de girar en su rueda; Sísifo se sienta sobre su roca. Hasta las Erinias lloran, según apunta Ovidio, que atribuye el hecho a la fama. Mientras se oye el canto, los condenados interrumpen los movimientos interminables de su castigo.

Las dos divinidades se conmueven. Eurídice es llamada de entre las sombras recién llegadas y se acerca despacio, con el paso todavía entorpecido por la herida. Esa lentitud cobrará peso poco después, en el camino cuesta arriba hacia la salida.

La condición del regreso

Junto con Eurídice, Orfeo recibe también una prohibición: mientras dure la salida del mundo subterráneo, no debe volver la vista atrás. Si mira hacia atrás, la gracia queda anulada.

Con frecuencia se atribuye la condición únicamente a Plutón. En el texto latino de Ovidio ambos soberanos acogen la súplica, y la norma se enuncia sin que se nombre a quien la pronuncia. Virgilio precisa, en cambio, que había sido Perséfone quien dispuso que Eurídice caminara detrás de su esposo. La mención explícita de la diosa tiene importancia, sobre todo cuando las reelaboraciones posteriores atribuyen todo el pacto a su marido.

Los poetas no explican de forma expresa por qué se elige esa condición. Cabe leerla como una prueba de confianza: Orfeo tiene que seguir adelante apoyado en una promesa, sin la certeza que le daría ver a Eurídice. Se trata de una interpretación de la escena que el relato permite sin imponerla.

El instante de la mirada y la duda

En Ovidio el sendero de subida es oscuro y silencioso. La superficie de la tierra ya está cerca cuando Orfeo, temiendo que Eurídice se quede atrás y ansioso por verla, vuelve los ojos. El verso en cuestión vincula el gesto con la angustia del amante y con su anhelo de contemplarla. No se formula sospecha alguna de que los dioses lo hayan engañado.

En esa cuesta Orfeo se ve privado precisamente del rostro por el que ha llegado hasta allí. Acaba de recuperar a Eurídice y, sin embargo, tiene que caminar sin verla. Si leemos su gesto como duda, esta se refiere al temor de que vuelva a perderse quien lo sigue, tras aquella primera muerte repentina.

Virgilio describe el episodio de otro modo. Una locura repentina se apodera del amante, que, olvidando la condición, se detiene y se vuelve hacia Eurídice casi en el umbral de la luz. El poeta llega a intervenir con una observación compasiva: la falta habría sido perdonable si los muertos supieran perdonar.

En el umbral de la luz, con la salida tan próxima, la mirada anula la gracia concedida. En Virgilio, un triple estruendo procedente de las profundidades del inframundo acompaña la ruptura del pacto.

Eurídice se pierde por segunda vez

En las Geórgicas Eurídice tiene unas últimas palabras. Se pregunta qué locura los ha perdido a los dos, siente que el sueño de la muerte le cubre los ojos y se despide de Orfeo tendiéndole las manos. Después se desvanece como el humo en el aire. Por un instante el relato se desplaza a su propia experiencia, mientras extiende sus débiles manos en la oscuridad.

La Eurídice ovidiana se aleja con un adiós que apenas llega a oírse. El narrador comenta que no se quejó de su esposo, pues lo único que podría haberle reprochado era haberla amado. La explicación pertenece al narrador; de ella solo oímos la despedida.

El amor impulsa el descenso y, en la versión de Ovidio, participa también en el error que frustra el regreso. Atribuirlo todo a una falta de confianza restaría tensión a la escena. Queda la dificultad de aquella espera, cuando Eurídice ya ha sido devuelta pero Orfeo todavía no puede mirarla.

Orfeo entre los animales en el arte del Renacimiento

Otra faceta de su poder se manifiesta en el relieve de bronce Orfeo tocando para los animales, obra de principios del siglo XVI que se conserva en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. La plaqueta italiana mide apenas 10,5 centímetros de diámetro y está catalogada bajo el nombre de «Orpheus Master», denominación convencional de su autor.

En el centro de la superficie circular se sienta el músico, desnudo, con un paño que cae desde su asiento. La cabeza se vuelve hacia la izquierda de la imagen, mientras una pierna se extiende en diagonal hacia abajo y a la derecha. Sobre la figura se abren las ramas de un árbol con aves; a los lados hay animales, entre ellos, a la derecha, un ciervo de gran cornamenta. El instrumento de cuerda que sostiene Orfeo se toca con arco. Este detalle traslada al músico antiguo al mundo renacentista del artífice, en el que podía reconocerse un instrumento distinto de la lira de las fuentes poéticas.

Eurídice no aparece en la representación, centrada en el hechizo que la música ejerce sobre los animales. Frente al descenso al Hades, el relieve ilumina otra faceta del mismo personaje: el músico que reúne a su alrededor a las criaturas y retiene su atención.

Un segundo encuentro en el inframundo

Ovidio vuelve sobre la pareja en el libro undécimo, versos 61-66. Tras ser despedazado por las ménades de Tracia, la sombra de Orfeo desciende de nuevo a los lugares que ya conoce. En los campos de los piadosos busca a Eurídice y, cuando la encuentra, la estrecha entre sus brazos.

Ahora caminan juntos por el inframundo, unas veces uno al lado del otro, otras uno detrás del otro; así vuelve el poeta al mismo movimiento que había provocado la segunda pérdida. Orfeo puede ahora volverse y mirar a Eurídice sin peligro, en los lugares a los que también él ha llegado.