Amaterasu y la Cueva Celestial: el mito del regreso del sol

Rollos de Kōno Bairei: a la izquierda, el parinirvana de Buda; a la derecha, la danza de Uzume ante la cueva de Amaterasu.
Kōno Bairei, «La diosa del sol Amaterasu, atraída con música fuera de una cueva» y «La muerte del Buda histórico», finales del siglo XIX, periodo Meiji. Par de rollos colgantes; tinta, color y oro sobre seda. Metropolitan Museum of Art, Nueva York, colección Mary Griggs Burke.

El mito de Amaterasu, la diosa del sol que se retira a una cueva celestial y deja el mundo sumido en la oscuridad, nos ha llegado sobre todo a través de textos compilados a comienzos del siglo VIII en el entorno de la corte imperial japonesa. En estos relatos, que reunieron tradiciones y genealogías más antiguas, Amaterasu Ōmikami ocupa un lugar central como antepasada divina de la casa imperial. Su ocultamiento en Ama-no-Iwato, la «puerta de roca celestial», pone en peligro la continuidad misma de la vida, y en torno al empeño por hacerla regresar se congregan divinidades vinculadas a los servicios rituales de la corte.

Las fuentes del mito y sus variantes

En el Kojiki, las «Crónicas de antiguos hechos», presentado en la corte en 712 por Ō no Yasumaro, el episodio se integra en una narración mitológica continua. El Nihon shoki, las «Crónicas de Japón», se concluyó en 720 bajo la supervisión del príncipe Toneri y está escrito principalmente en chino clásico; en sus secciones sobre la era de los dioses recoge, junto al texto principal, distintas versiones que se introducen como «otros escritos». Según la presentación de ambas obras que ofrece la Universidad Kokugakuin, la conservación de las tradiciones está estrechamente ligada al registro de la ascendencia imperial, aunque los dos textos difieren en su carácter y en su composición.

Posterior es el Kogoshūi, de 807, obra de Inbe no Hironari, que conserva tradiciones adicionales sobre las ceremonias de la corte y pone de relieve la contribución del clan Inbe. La reivindicación de sus competencias rituales frente a la poderosa presencia de los Nakatomi recorre la obra, sin agotar su contenido. El relato que sigue toma como base el Kojiki y señala las divergencias del Nihon shoki allí donde el desarrollo del episodio cambia de manera sustancial.

Del enfrentamiento entre los dos hermanos a la noche sin fin

Susanoo, hermano de Amaterasu, sube a Takamagahara, la Llanura del Alto Cielo, para despedirse de ella antes de su partida. Se le suele llamar dios de las tormentas, pero su fisonomía en las fuentes antiguas es más compleja: en el Kojiki, Izanagi le ha confiado el dominio del mar, mientras que la tradición interpretativa lo asocia también con el viento y la lluvia.

Sospechando que su hermano viene a apoderarse de sus dominios, Amaterasu lo recibe armada. Sigue el ukei, una prueba ritual en la que las dos divinidades engendran otras divinidades a partir de los objetos que intercambian, con el fin de comprobar la sinceridad de las intenciones de él. Susanoo se proclama vencedor y, arrastrado por su éxito, destruye las lindes de los arrozales de su hermana, ciega las acequias de riego y mancha con excrementos la sala donde ella celebra el banquete de las primicias.

Al principio Amaterasu justifica estos actos: sostiene que la inmundicia debe de ser vómito por exceso de bebida y que la destrucción de las lindes quizá buscaba aprovechar mejor la tierra. A su tolerancia, sin embargo, le sigue una nueva violencia en el recinto del tejido sagrado. Mientras se preparan las vestiduras de los dioses, Susanoo abre un agujero en el techo y arroja por él un caballo celeste pío, desollado a la inversa; aterrada, una tejedora se hiere de muerte en los genitales con la lanzadera del telar.

En el texto principal del Nihon shoki es la propia Amaterasu quien se hiere con la lanzadera, y en otra versión muere la diosa Wakahirume. Estos desplazamientos en la figura que sufre la violencia tienen peso en la interpretación del relato, al igual que el insólito «desollamiento a la inversa» del caballo, al que Nelly Naumann dedicó un estudio específico.

Aterrorizada por lo que ocurre, en la versión del Kojiki Amaterasu se encierra en la Cueva Rocosa Celestial. El cielo se oscurece entonces y, con él, la Tierra Central de los Llanos de Juncos, el mundo terrenal del relato, mientras la noche se prolonga sin interrupción. Las voces de las innumerables divinidades se comparan con el zumbido de las moscas del quinto mes lunar y por todas partes surgen calamidades.

La asamblea de los dioses y el espejo

Ante la ausencia del sol, las divinidades se reúnen en el lecho del río celestial Ame-no-Yasu y encargan a Omoikane que idee la manera de hacer salir a Amaterasu de la cueva. El Kojiki habla de «ochocientas miríadas de dioses», cifra que equivale literalmente a ocho millones; la expresión yaoyorozu no kami designa por convención la incontable multitud de las divinidades.

De la asamblea surge una preparación compuesta de numerosas tareas. Se reúnen las «aves de largo canto», que suelen identificarse con gallos, se convoca al herrero Amatsumara y se encomienda a Ishikoridome la fabricación de un espejo. Tamanoya prepara sartas de magatama, cuentas curvas con su característica forma de coma, que en el relato quedarán vinculadas también a las insignias imperiales.

Ame-no-Koyane y Futodama, antepasados divinos de los Nakatomi y de los Inbe respectivamente, practican la adivinación con un omóplato de ciervo. Un sakaki, el árbol de hoja perenne que se emplea en el culto sintoísta, se arranca de raíz del monte celestial Kagu y se adorna con las cuentas en las ramas más altas, el espejo en las intermedias y ofrendas de tela más abajo. Futodama sostiene las ofrendas, Ame-no-Koyane recita palabras rituales y junto a la entrada aguarda escondido Ame-no-Tajikarao, dispuesto a intervenir en cuanto se abra la puerta.

La danza de Ame-no-Uzume

Delante de la cueva, Ame-no-Uzume vuelca una cuba de madera y baila sobre ella con fuertes pisadas, de modo que los golpes de sus pies resuenan. Lleva adornos vegetales y sostiene hojas de bambú, y su comportamiento se describe como una manifestación de posesión divina; se descubre los pechos y se baja el cordón de la vestidura, lo que provoca la risa de los dioses reunidos. La escena cobra fuerza también por este desajuste: fuera se oye una fiesta, mientras que dentro de la cueva Amaterasu espera que solo reinen las consecuencias de su ausencia.

Entreabriendo la puerta, pregunta por qué se divierte Uzume y por qué ríen los dioses, si el mundo se ha quedado sin su luz. La bailarina responde que ha aparecido una divinidad más resplandeciente que ella, y en ese instante Ame-no-Koyane y Futodama presentan el espejo ante la entrada. Cada vez más intrigada, Amaterasu se acerca a mirar; el texto permite relacionar la supuesta nueva divinidad con su propio reflejo, sin describir con detalle qué piensa exactamente al ver el espejo.

Entonces Tajikarao la toma de la mano y tira de ella hacia fuera. A sus espaldas, Futodama tiende una cuerda sagrada y establece que no debe volver al interior, mientras la luz regresa al cielo y a la tierra.

La tradición cultual posterior vincula a Uzume con las artes escénicas. En la entrada de la Enciclopedia del sintoísmo se señala además que el Kogoshūi considera su comportamiento ante la cueva el origen del Chinkonsai, la ceremonia de apaciguamiento y fortalecimiento del alma, a la que estaba ligado el clan Sarume, que la reconocía como antepasada suya.

A Susanoo le aguarda el castigo que le impone la asamblea de los dioses. Se le exigen ofrendas expiatorias, que se traducen como «mil mesas», se le corta la barba, se le quitan las uñas de las manos y de los pies y se le expulsa del cielo. Más adelante el relato lo llevará a Izumo, donde dará muerte a la serpiente de ocho cabezas Yamata-no-Orochi y se casará con Kushinadahime.

¿Eclipse, solsticio o ritual?

La desaparición y el regreso del sol han dado pie a interpretaciones diversas, según se ponga el acento en los fenómenos naturales o en la vida cultual. El profesor Masahiro Taniguchi expone la hipótesis del eclipse solar y la compara con relatos del Sudeste Asiático en los que un hermano menor se transforma en monstruo y devora los cuerpos celestes. En la historia japonesa, la agresividad del hermano menor provoca también la desaparición de la luz solar, aunque el episodio se desarrolla de otro modo.

Otra lectura relaciona el retiro de Amaterasu con el solsticio de invierno, cuando la duración del día llega a su mínimo y a partir de entonces empieza a aumentar. El regreso de la diosa se presta así a una interpretación en clave de renovación de la fuerza solar, sobre todo cuando se examina junto a ceremonias de la corte como el Chinkonsai y el Daijōsai, la gran ceremonia de ofrenda de la nueva cosecha ligada a la asunción del poder por parte de un emperador.

Son numerosas las correspondencias entre la preparación mítica y las competencias rituales de los clanes cortesanos. La fabricación del espejo, las telas de las ofrendas y la recitación de palabras rituales adquieren en el relato portadores concretos, a los que se reconoce como antepasados de familias con cometidos equivalentes. Sigue abierta, no obstante, la cuestión de si el mito se configuró para explicar ceremonias ya existentes o si determinados actos rituales se desarrollaron a partir de su recepción.

El espejo después de la cueva

Más tarde, Amaterasu entrega el espejo a su nieto Ninigi, cuando este es enviado a gobernar el mundo terrenal. Junto con él recibe las cuentas y la espada que Susanoo había encontrado en el cuerpo de Yamata-no-Orochi, y la diosa pide que el espejo sea venerado como si ella misma estuviera presente. En el Kojiki, la transmisión de estos objetos une directamente el episodio de la cueva con el origen divino del poder imperial.

El Yata-no-Kagami, como se denomina el espejo sagrado, está asociado al Santuario Interior de Ise, donde se venera a Amaterasu. Según la tradición que conserva el propio santuario, su traslado fuera del palacio imperial comenzó en tiempos del emperador Sujin, y la instalación del culto en Ise se sitúa en el reinado de Suinin, después de que la princesa Yamatohime buscara un lugar adecuado. Se trata de la historia sagrada del culto, cuyas dataciones tempranas pertenecen a la narración imperial tradicional.

Dos mundos en un par de rollos de Kōno Bairei

Kōno Bairei (1844-1895), pintor de Kioto formado en las tradiciones Maruyama y Shijō, participó en la fundación de la Escuela de Pintura de la Prefectura de Kioto, que abrió sus puertas en 1880 como la primera escuela pública de Japón especializada en pintura. En el par de rollos colgantes del Metropolitan Museum of Art de Nueva York contrapone el episodio de Amaterasu al parinirvana del Buda histórico. La obra, en tinta, color y oro sobre seda, data de finales del siglo XIX, en el periodo Meiji, cuando la política del Estado promovía la separación institucional del sintoísmo y el budismo.

La lectura del par comienza por el rollo derecho. En tonos claros, terrosos y grisáceos, una abrupta masa rocosa delimita el espacio a la derecha, y más abajo se agrupan figuras sentadas en el suelo, varias de ellas con altos tocados oscuros. Cerca del centro de la reunión, Uzume baila sobre la cuba de madera volcada, con unas mangas de color claro que destacan sobre el fondo; a su lado se distinguen un gallo y un fuego encendido, del que asciende humo delante de la roca.

En el rollo izquierdo, el campo oscuro se cubre de finas líneas doradas. El Buda yace reclinado en un lecho elevado entre árboles altos y a su alrededor se apiñan los dolientes, mientras que hacia el borde inferior se despliegan animales y aves. En lo alto, por encima de las arboledas, se distinguen el disco lunar y figuras entre nubes, en una composición que conserva su desarrollo vertical incluso allí donde la multitud se espesa en torno al lecho.

La contraposición de las dos escenas se apoya también en el distinto uso de la luz. En la escena de la cueva, el paisaje de tonos claros deja que las figuras se destaquen mediante pequeñas variaciones cromáticas, mientras que en el parinirvana el trazo dorado emerge del fondo negro, sobre todo en el follaje y en los contornos de los animales de la parte inferior.