Hibris, ate, némesis: las enseñanzas morales de los mitos y las tragedias antiguas

Jarrón de dos asas con Némesis sosteniendo un rollo ante Zeus entronizado y un águila junto al trono.
Némesis ante Zeus. Jarrón de terracota de Frederick Sonne, decorado por V. Wendrich, h. 1875, según un relieve de Bertel Thorvaldsen. Museo Metropolitano de Arte, 69.216.2. Dominio público.

Creonte tiene poder para prohibir que se dé sepultura a un muerto. Pero ¿tiene también derecho? Buena parte de la Antígona de Sófocles se articula en torno a esa diferencia, la que separa la capacidad de imponer una decisión de la justicia de esa misma decisión. El rey de Tebas acabará reconociendo su error e intentará repararlo cuando su orden ya haya desembocado en la catástrofe.

Hibris, ate, némesis: con estos términos solemos abordar la transgresión de los límites y sus consecuencias en la literatura griega antigua. Las historias, sin embargo, no son iguales entre sí. Ícaro y Sísifo se examinan aquí desde la tradición mitológica, mientras que Prometeo es además protagonista de una tragedia conservada. Al ponerlos junto a Edipo y Creonte se reúnen figuras que sufren por motivos muy distintos, unas veces conscientes de lo que arriesgan y otras sin conocer siquiera su propio origen.

Qué significaban la hibris, la ate y la némesis

La hibris puede manifestarse como una conducta ofensiva nacida de un sentimiento de superioridad. En la Retórica (II 2, 1378b), Aristóteles describe más en concreto el hecho de avergonzar a otro por el placer que obtiene el agresor de su humillación. La palabra adquiere así un contenido preciso, ligado a los actos y al uso de la fuerza frente a otras personas.

Con la ate se ve afectada la propia capacidad de juicio. El término designa el extravío funesto, la ceguera de la mente y, en ocasiones, también la desgracia que viene después. En el canto XIX de la Ilíada, Agamenón invoca a Ate al explicar la afrenta que infligió a Aquiles. Traslada parte de la responsabilidad a poderes divinos, aunque acepta ofrecer una reparación. Lo que oímos es la explicación del propio héroe, en medio de su enfrentamiento con otro hombre.

A la némesis se asocia la indignación ante algo inmerecido o injusto. Aristóteles, en la Retórica (II 9), examina el nemesân como pesar ante la felicidad inmerecida. La diosa Némesis quedó vinculada también a la retribución y al castigo de la desmesura, y llegó a tener una presencia iconográfica reconocible.

El paso de la arrogancia al extravío, y de ahí a la ruina, ofrece un esquema interpretativo útil. Conviene aplicarlo con cautela en cada obra, sobre todo cuando el héroe desconoce hechos decisivos o sufre por un acto que benefició a otros.

Ícaro: el vuelo y las condiciones que lo hacen posible

En el relato del poeta romano Ovidio, en las Metamorfosis (VIII 183–235), Dédalo fabrica unas alas para huir de Creta con su hijo. Advierte a Ícaro que mantenga una trayectoria intermedia: si vuela bajo, la humedad hará pesadas las alas; si sube demasiado, el sol las destruirá. Arrastrado por el placer del vuelo, el muchacho abandona a su guía y se eleva. La cera que mantiene unidas las alas se derrite, e Ícaro cae al mar llamando a su padre.

Podemos leer la historia como una advertencia contra la desmesura, siempre que atendamos a la manera en que Ovidio narra la caída. El artefacto se deshace por efecto del calor. Ninguna divinidad aparece ordenando la muerte del joven, y el propio Dédalo ha utilizado con éxito su invento para escapar.

El error de Ícaro se produce justo cuando todo parece funcionar. El éxito del vuelo lo lleva a pasar por alto sus condiciones, mientras su padre vuela un poco más adelante y mira hacia atrás con inquietud.

Sísifo y el intento de burlar a la muerte

A Sísifo lo encuentra Odiseo en el mundo de los muertos, en el canto XI de la Odisea (593–600). Empuja una roca enorme hacia la cima; la roca vuelve a rodar cuesta abajo y el esfuerzo empieza de nuevo. La breve descripción homérica transmite el suplicio sin explicar qué falta lo provocó.

Las tradiciones que explican su castigo no coinciden. Según la versión atribuida a Ferécides, Sísifo revela al río Asopo la relación de Zeus con su hija, Egina. Cuando Zeus envía contra él a Tánatos, logra encerrarlo. Más tarde consigue volver del Hades alegando que no se le habían tributado los honores fúnebres, una omisión que él mismo había pedido a su mujer. La presentación del mito en la Brigham Young University distingue estos relatos de la escena homérica, donde los motivos de la condena quedan sin decir.

Su astucia puede interpretarse como un intento de sustraerse una y otra vez al destino común de los hombres. En el suplicio de la roca, toda aproximación a la meta queda anulada. Lo que permanece es el esfuerzo físico, que Homero hace palpable con el sudor y el polvo alrededor de su cabeza.

Prometeo: cuando la transgresión beneficia a los hombres

Un problema moral más difícil plantea Prometeo encadenado, obra transmitida bajo el nombre de Esquilo, aunque su autoría ha sido puesta en duda por la investigación más reciente. El protagonista es un titán, una figura divina inmortal, y su conflicto atañe a la supervivencia de los mortales.

Encadenado a la roca por haber ayudado a los hombres y haberles dado el fuego, Prometeo presenta sus dones como condición de la civilización. Basa su defensa en los conocimientos que les ofreció, consciente de la transgresión y de lo que le cuesta. Su elección permite leer la desobediencia como responsabilidad hacia quienes carecen de poder.

¿De quién es la justicia que se pide aceptar al espectador? El castigo lo impone Zeus, mientras que el castigado invoca el bien que hizo a los hombres. En el diálogo sobre la Necesidad, Prometeo llega a sostener que también Zeus está sometido al destino. En la obra conservada el conflicto queda abierto, con el titán resistiendo todavía.

En Los persas, el precio de la soberbia real

En Los persas de Esquilo, representada en el año 472 a. C., la catástrofe se vincula de forma más clara con la desmesura de un gobernante. El espectro de Darío interpreta la expedición de Jerjes a la luz de su pretensión de someter incluso el Helesponto, tendiendo un puente sobre el mar como si pudiera encadenarlo. Se trata de la interpretación teológica y política de un personaje dramático, dentro de una obra escrita por un poeta griego sobre la derrota persa.

Pero ¿quién paga la soberbia del rey? La obra insiste en los muertos de la guerra y en un lamento que se extiende más allá de la casa real. La decisión se toma en la cúspide del poder; el coste se reparte por toda la sociedad. Jerjes regresa con vida, y el Coro, entre lamentos, reclama los nombres de quienes perecieron.

Edipo: la responsabilidad en la ignorancia

En Edipo rey de Sófocles, la cuestión se traslada a los límites del conocimiento humano. Para escapar del oráculo según el cual matará a su padre y se unirá a su madre, Edipo abandona Corinto. Ignora que Pólibo y Mérope, de quienes se aleja, son sus padres adoptivos. En el camino de la huida se encontrará con su verdadero padre, Layo, sin saber quién es.

Ya rey de Tebas, se empeña en buscar al asesino de Layo. La investigación saca a la luz su propia identidad y un pasado que desconocía. Su cólera y las acusaciones que lanza contra otros pesan sobre su conducta; aun así, el parricidio y el incesto se consumaron sin que conociera el parentesco. Esa ignorancia complica cualquier intento de ver en su caída un castigo simple y proporcionado, pues la revelación golpea a la vez a Yocasta y a los hijos de ambos.

Antígona y el reconocimiento que llega tarde

En Antígona, Creonte prohíbe enterrar a Polinices, al que trata como enemigo de la ciudad. Antígona apela a las leyes divinas no escritas y a su deber para con su hermano. Chocan aquí distintas exigencias de justicia, junto con la rigidez de quienes las defienden, como analiza también la presentación correspondiente del University College London.

Creonte toma al principio la advertencia de Tiresias por una intervención interesada. Cuando por fin se convence de cambiar su decisión, Antígona ya se ha quitado la vida. Vienen después los suicidios de Hemón y de Eurídice. Él queda con vida, reconociendo su responsabilidad.

Para entonces, la posibilidad de reparar el daño se ha reducido drásticamente. Creonte puede revocar su orden, pero sigue enfrentado a las pérdidas que esta causó en su propia casa.

Némesis y Prometeo en jarrones del siglo XIX

En los jarrones del Museo Metropolitano que aquí se reproducen, la Antigüedad regresa a través de las artes decorativas del siglo XIX. Fabricadas en Copenhague hacia 1875 por Frederick Sonne, con decoración de V. Wendrich, las dos piezas de terracota toman como modelo unos relieves en mármol de Bertel Thorvaldsen de 1825.

En el jarrón de Némesis, la diosa, de pie, sostiene un rollo abierto ante Zeus sentado. Junto a su trono se distingue un águila. La escena muestra a Némesis leyendo el registro de una vida humana ante el dios que preside el juicio. En el otro jarrón, Minerva, con casco, coloca una mariposa sobre la cabeza de la pequeña figura humana modelada por Prometeo, que está sentado a la derecha. La mariposa simboliza el alma.

Jarrón de dos asas con Minerva colocando una mariposa en la cabeza de una figura humana, junto a Prometeo sentado.
Prometeo y Minerva. Jarrón de terracota de Frederick Sonne, decorado por V. Wendrich, h. 1875, según un relieve de Bertel Thorvaldsen. Museo Metropolitano de Arte, 69.216.1. Dominio público.

Una decoración de palmetas en el cuello y una franja de grecas enmarcan las escenas. Las fotografías son en blanco y negro y muestran desgaste en la superficie de los jarrones, sobre todo alrededor de los bordes y de los motivos decorativos.