Rómulo y Remo: el fratricidio del Palatino y la fundación de Roma

Rómulo y Remo maman bajo una loba erguida que apoya una pata trasera en una roca, en un aguafuerte de Hollar.
Rómulo y Remo con la loba. Wenceslaus Hollar, aguafuerte, 1652, según un dibujo de Giulio Romano para un medallón de estuco del Palazzo Te de Mantua. Metropolitan Museum of Art, Nueva York, n.º 17.50.18-119.

En el origen de la historia que los romanos contaban sobre su ciudad se hallaba la muerte de un hermano. Rómulo, el fundador epónimo de Roma, queda solo en el poder cuando su hermano gemelo, Remo, muere durante la disputa por la nueva ciudad, en algunas versiones a manos del propio Rómulo. Antes habían tenido lugar el abandono de los recién nacidos en el Tíber y su salvación por una loba, episodios que pasaron a formar parte inseparable de la tradición romana y que más tarde reaparecieron en el arte europeo. Para los autores antiguos, sin embargo, ni las circunstancias de la muerte ni la responsabilidad del superviviente eran evidentes, y las diferencias entre sus relatos condicionan de manera sustancial la lectura del mito.

Las fuentes sobre Rómulo y Remo

La fecha canónica de la fundación de Roma, el 21 de abril del 753 a. C., combina dos elementos distintos: un día festivo en el que los romanos celebraban el nacimiento de la ciudad y una datación que acabó imponiéndose a partir de los cómputos de los eruditos antiguos, vinculada sobre todo a Marco Terencio Varrón. El 21 de abril se celebraban las Parilias, una fiesta pastoril que Plutarco consideraba anterior a la fundación. El año siguió siendo objeto de controversia: Quinto Fabio Píctor, por ejemplo, situaba el comienzo de Roma en el 748/747 a. C., según la cronología por olimpiadas que le atribuye Dionisio de Halicarnaso.

A finales del siglo III a. C. escribía Fabio Píctor, el primer historiador romano conocido, que se servía de la lengua griega y distaba más de cinco siglos de la supuesta época de los fundadores. Plutarco refiere que siguió en muchos puntos a Diocles de Pepareto, mientras que a comienzos del siglo siguiente Enio dio forma poética a la tradición romana en los Anales. De esta obra se conservan fragmentos, entre ellos la escena de la toma de auspicios que cita Cicerón en Sobre la adivinación. Los relatos extensos de que disponemos son posteriores: Tito Livio y Dionisio escriben en tiempos de Augusto, Ovidio trata el mito en los Fastos y Plutarco compone la Vida de Rómulo a comienzos del siglo II d. C.

Sobre la formación de esta tradición se han propuesto interpretaciones diversas. T. P. Wiseman relacionó el desarrollo de la historia de los gemelos, y en particular la figura de Remo, con los cambios políticos ocurridos entre el 367 y el 295 a. C., y vio en el segundo hermano una alusión al componente plebeyo de la comunidad romana. La propuesta ha sido discutida, como también lo ha sido la datación de algunos testimonios figurativos tempranos. Un punto de referencia más seguro dentro de la tradición escrita es la noticia de Tito Livio según la cual en el 296 a. C. los ediles Ogulnios, hermanos entre sí, colocaron imágenes de los niños bajo las ubres de una loba, cerca de la ficus Ruminalis.

En el Palatino, por otra parte, las excavaciones han sacado a la luz restos de un poblamiento de la Edad del Hierro. Andrea Carandini interpretó además ciertos hallazgos de la ladera norte como parte de una fortificación del siglo VIII a. C. y los puso en relación con la tradición de la fundación. El debate arqueológico se centra en la datación y la función de estas estructuras; su atribución al propio Rómulo sigue siendo una propuesta interpretativa, que no documenta ni a los personajes ni los episodios del mito.

De Alba Longa a la cueva de la loba

En Alba Longa, en los montes Albanos, al sureste de Roma, se sitúa el comienzo del conflicto dinástico. Amulio destrona a su hermano mayor, Numitor, y obliga a la hija de este, Rea Silvia, a hacerse sacerdotisa de Vesta, la divinidad romana equivalente a Hestia. La virginidad impuesta garantiza la seguridad del usurpador, pues impide el nacimiento de descendientes que pudieran reclamar el trono. Cuando ella da a luz gemelos, señala como padre a Marte, el Ares de los romanos; Tito Livio, tras mencionar que había sido violada, acoge con reservas la paternidad divina y recoge más de una explicación de lo que ella afirmaba.

Amulio ordena arrojar a los niños al río. Pero, como el Tíber se ha desbordado y su cauce principal resulta inaccesible, los servidores dejan el recipiente en el que los llevan en las aguas de la crecida, y más tarde, al retirarse estas, el recipiente queda varado en tierra firme. La salvación se asocia a la higuera Ruminalis y, en la tradición romana en sentido amplio, a la cueva del Lupercal, al pie del Palatino. Una loba se acerca y los amamanta, hasta que el pastor Fáustulo los encuentra y se los entrega a su mujer, Aca Larentia, para que los críe.

En Plutarco aparece además un pájaro carpintero que contribuye a alimentarlos, animal igualmente vinculado a Marte. Tito Livio recoge una explicación distinta de la loba: según algunos, así llamaban los pastores a Larentia porque se prostituía, ya que la palabra latina lupa designaba también a la ramera. La coexistencia de estas versiones muestra que ya en la Antigüedad el relato admitía lecturas con distinto grado de aceptación de lo maravilloso.

Cuando crecen, Rómulo y Remo descubren su origen, derrocan a Amulio y restituyen a Numitor en el trono. La decisión de fundar una ciudad propia los devuelve a la zona donde habían sido abandonados, esta vez con seguidores y con la posibilidad de que cada uno reclamara el mando.

Los auspicios: seis buitres, doce buitres

La disputa versa sobre el lugar del asentamiento y sobre quién dará su nombre a la nueva ciudad. Como el nacimiento gemelar no otorga una primacía clara por edad, los hermanos recurren a los auspicios y buscan en las aves la aprobación divina. En la práctica ritual romana la observación se realizaba dentro de un espacio delimitado, el templum, término que podía designar tanto el lugar acotado como el sector correspondiente del cielo.

Según el texto de Tito Livio, Rómulo elige el Palatino y Remo el Aventino. Remo ve primero seis buitres, pero, una vez anunciada la señal, a Rómulo se le aparecen doce. Los seguidores de cada uno proclaman rey a su propio jefe, invocando criterios distintos: la prioridad en la aparición o el mayor número de aves. El recurso a los dioses deja así abierta la cuestión del poder, porque las dos partes discrepan sobre cómo interpretar la respuesta.

Las variantes alcanzan incluso la posición de los observadores. En el fragmento de Enio que conserva Cicerón, Rómulo se encuentra en el alto Aventino, mientras que Plutarco conoce una versión según la cual anunció falsamente que había visto doce buitres y solo los vio de verdad más tarde, cuando Remo ya se había acercado a él. A la controversia sobre las señales se suma aquí la sospecha de engaño.

El salto sobre la muralla: las versiones de la muerte de Remo

Tito Livio ofrece dos relatos de la muerte de Remo. En el primero, la disputa verbal que sigue a los auspicios degenera en una refriega en la que muere uno de los hermanos, sin que se nombre al autor del golpe. En el segundo, que el historiador califica de más difundido, Remo salta con burla por encima de las nuevas murallas y Rómulo, enfurecido, lo mata y añade: «sic deinde, quicumque alius transiliet moenia mea» («Así le suceda en adelante a cualquier otro que salte mis murallas»).

En la Vida de Rómulo, Plutarco presenta a Remo burlándose de los trabajos y entorpeciéndolos, hasta que salta por encima del foso que se está excavando en la línea de la futura muralla. Según unos, lo golpea el propio Rómulo; según otros, su compañero Céler. En el mismo enfrentamiento, añade el biógrafo, mueren Fáustulo y su hermano Plistino, que habían participado en la crianza de los niños.

También Ovidio señala a Céler como el homicida en el libro cuarto de los Fastos, donde Remo salta con desdén la muralla baja y recibe un golpe mortal con una pala. Aquí, sin embargo, Rómulo ha ordenado previamente que se dé muerte a quien cruce la muralla o el foso; el relato aparta así de sus manos el golpe directo, pero mantiene su vínculo con la prohibición letal. En el funeral deja ver por fin el llanto que había contenido en público. La escena adquiere peso político en el ambiente augústeo, cuando la imagen del fundador podía asociarse con el nuevo soberano de Roma; Suetonio refiere, de hecho, que se había propuesto dar a Octaviano el nombre de «Rómulo», como segundo fundador de la ciudad. El paralelo ayuda a la interpretación, aunque por sí solo no demuestra la intención del poeta.

Surco, muralla y pomerium

En las versiones modernas del mito, el salto suele asociarse con el surco sagrado, el sulcus primigenius, que el fundador trazaba con el arado alrededor de la ciudad. Plutarco describe la ceremonia y atribuye las instrucciones a especialistas venidos de Etruria: a un arado con reja de bronce se uncen un toro y una vaca, mientras quienes van detrás vuelven hacia el interior los terrones que se levantan. En el lugar de las puertas se alza el arado y se deja una interrupción en el trazado, de modo que el paso siga siendo posible sin la profanación que supondría atravesar la muralla inviolable.

En el orden de los acontecimientos hay un detalle significativo: Plutarco sitúa esta ceremonia después de la muerte y la sepultura de Remo. Tito Livio, al describir el asesinato, habla de las nuevas murallas, mientras que Ovidio distingue el surco de la muralla y dice expresamente que Remo saltó esta última. La conocida imagen del hermano que salta por encima del propio surco ritual exige, por tanto, cautela cuando se atribuye a un autor concreto.

Con el trazado de los límites se relaciona también el pomerium, el límite de la ciudad definido en términos religiosos, que Plutarco explica etimológicamente a partir de post murum, «detrás de la muralla». En la topografía romana, sin embargo, el límite religioso y la fortificación real podían seguir trazados distintos. La importancia del pomerium afectaba a las ceremonias públicas y a la distinción entre la esfera civil y la militar, con normas que conocieron excepciones y cambios. Como interpretación del mito, la muerte de Remo puede vincularse con la imposición violenta del límite de la nueva comunidad; leerla, en cambio, como «primera aplicación de la ley» no deja de ser una formulación interpretativa, sobre todo si se examina junto a la ira y la rivalidad de los hermanos.

El fratricidio en la memoria romana

La sangre de Remo reaparece en la poesía romana cuando las guerras civiles reclaman una explicación. En el epodo séptimo, Horacio vincula el enfrentamiento entre ciudadanos con el antiguo fratricidio y con la sangre del inocente Remo, que pesa sobre los descendientes. Lucano, que escribe en el siglo I d. C. sobre la guerra entre César y Pompeyo, recuerda también que las primeras murallas se habían empapado de sangre fraterna. Se trata de lecturas de la violencia política a través de una historia ya conocida por sus lectores, en las que el hermano muerto vuelve al presente de la ciudad.

En el libro quinto de los Fastos, Ovidio concede además a Remo una voz de ultratumba. Su sombra se aparece a Fáustulo y a Aca Larentia y les pide que intercedan ante Rómulo para que se le instituyan honras; de unas supuestas Remuria deriva el poeta el nombre de las Lemurias, la fiesta de mayo dedicada a los espíritus de los difuntos. La etimología pertenece a la explicación poética del calendario festivo y debe leerse dentro de ese marco.

Más tarde, en La ciudad de Dios (15.5), Agustín establece un paralelo entre Rómulo y Caín, a quien el Génesis presenta como fundador de una ciudad y que también había matado a su hermano. Mantiene, no obstante, una distinción teológica: el enfrentamiento entre Rómulo y Remo pone de manifiesto la división de la ciudad terrena contra sí misma, mientras que el de Caín y Abel se inscribe en la oposición entre la ciudad terrena y la celeste.

La loba en bronce y en papel

De todas las imágenes del mito, la que alcanzó un reconocimiento más amplio fue la de la loba que amamanta a los gemelos. La célebre estatua de bronce del Capitolio formaba parte de la donación de bronces antiguos del Laterano que el papa Sixto IV hizo al pueblo romano en 1471. Su atribución tradicional a un taller etrusco del siglo V a. C. ha sido puesta en entredicho: la datación por radiocarbono de restos orgánicos procedentes de los núcleos de fundición, en un estudio de Lucio Calcagnile y colaboradores publicado en 2019, sostiene que la pieza se realizó en los siglos XI-XII d. C. La discrepancia sigue siendo visible en la presentación de la obra, ya que la ficha en línea de los Museos Capitolinos mantiene la datación antigua. Los dos niños son añadidos posteriores, de época renacentista, que se atribuyen tradicionalmente, sin certeza, a Antonio del Pollaiuolo.

En el grabado de Hollar que acompaña este artículo, el amamantamiento ocupa casi toda la superficie. El aguafuerte está fechado en 1652 y pertenece a una serie de seis planchas que el grabador bohemio Wenceslaus Hollar realizó según dibujos de Giulio Romano de la colección de Nicolas Lanier, destinados a medallones de estuco del Palazzo Te de Mantua. La hoja del Metropolitan Museum of Art mide 10,9 × 14,6 cm y lleva el número de catálogo 17.50.18-119.

Hacia la derecha se extiende el cuerpo de la loba, con una pata trasera apoyada en la roca de la izquierda y la cabeza vuelta oblicuamente hacia el espectador. Las orejas erguidas y la boca abierta, de la que asoma la lengua, dan al animal una expresión de alerta, mientras que el denso rayado ahonda la sombra bajo su vientre. Delante está sentado uno de los niños, de espaldas a nosotros, con una mano en el suelo y la otra alzada hacia la ubre; detrás de él, el segundo yace tendido y se vuelve hacia el cuerpo de la loba para mamar. El ángulo inferior derecho lo ocupa la inscripción con los nombres de Romano y de Hollar, la fecha y la referencia a la colección Lanier, fuera de la zona oscura en la que se entrelazan las pequeñas figuras.