Monstruos de la mitología griega: el miedo a lo desconocido y el inframundo

Máscara de Fobos con los ojos muy abiertos y la boca abierta en el centro de un rosetón de doce pétalos negros.
Máscara de Fobos dentro de un rosetón de doce pétalos. Mosaico de piedra procedente de Halicarnaso, en Asia Menor, siglo IV d. C. Museo Británico, n.º de inventario 1857,1220.416.

A la entrada del Hades se alza Cerbero. Más allá del Océano habitan las Gorgonas, mientras que sobre la mesa de Fineo descienden las Arpías y le arrebatan la comida. Los monstruos de la mitología griega salen al encuentro del hombre en lugares donde termina su seguridad. A veces basta una mirada. Otras, la amenaza vuelve cada día, a la hora de comer.

Estos relatos parten de orígenes diversos. Cerbero guarda el mundo de los muertos, mientras que los mitos principales de Medusa y de las Arpías transcurren fuera de él. Su vínculo con el miedo ofrece una vía para acercarse a ellos, siempre que se deje espacio a las divergencias entre las fuentes antiguas. Sus figuras cambian de un texto a otro, como cambian también las circunstancias en que aparecen.

Medusa y el peligro de la mirada

A Medusa la sitúa Hesíodo, junto con sus hermanas, más allá del Océano, hacia la Noche, cerca de las Hespérides. En la Teogonía, Esteno y Euríale son inmortales; ella, en cambio, es mortal. Cuando Perseo la decapita, de su cuello brotan Pegaso y Crisaor, hijos de su unión con Poseidón.

En la versión más conocida del enfrentamiento, el héroe se acerca a Medusa mientras duerme y observa su reflejo en un escudo bruñido, eludiendo la visión que petrifica. Ese detalle desplaza el peso de la prueba hacia la manera en que uno se aproxima al peligro. Entre Perseo y el rostro de la Gorgona se interpone una imagen, suficiente para guiar su acción.

La petrificación se presta a una analogía moderna con la parálisis que puede provocar el terror: el cuerpo se queda inmóvil antes de tener tiempo de reaccionar. Esta lectura, sin embargo, no deja de ser una interpretación del mito, y conviene ser prudentes al atribuírsela a sus oyentes antiguos.

En el arte, el rostro de Medusa se utilizó a menudo como símbolo protector. El gorgoneion, la cabeza aislada de la Gorgona, aparece en elementos arquitectónicos y en el equipo militar. Como explica el ensayo que le dedica el Museo Metropolitano, su función apotropaica está ligada a la idea de alejar el mal. El rostro frontal mira a quien se acerca, incluso cuando ha quedado completamente desligado del relato de Perseo.

Cerbero en la frontera de los muertos

Con Cerbero, la amenaza adopta la forma de un guardián. Perro en su constitución básica, sigue siendo reconocible, pero su aspecto monstruoso lo aleja del animal que el hombre conoce junto a la casa o el rebaño. En la puerta del Hades, su presencia hace sensible el límite entre los vivos y los muertos.

El número de sus cabezas varía dentro de la tradición. Hesíodo lo presenta con cincuenta. En la Biblioteca, la obra mitográfica atribuida convencionalmente a Apolodoro, tiene tres cabezas de perro, cola de dragón y cabezas de serpiente sobre el lomo. La imagen hoy consagrada del perro de tres cabezas es solo una de sus versiones antiguas.

En el trabajo de Heracles, Hades permite al héroe llevarse a Cerbero siempre que lo domine sin emplear las armas que porta. Heracles lo inmoviliza con su fuerza y lo sube al mundo de los vivos. Tras presentárselo a Euristeo, lo devuelve al Hades. La retirada temporal del guardián forma parte de una prueba que solo se cumple con su regreso.

El oyente asiste así a un tránsito excepcional. Heracles llega al lugar de los muertos y vuelve, llevando consigo al mismo animal que custodia la entrada. El episodio puede leerse en relación con el miedo a la muerte, pero el relato permanece atado a la misión concreta del héroe y a Euristeo, que espera ver su resultado.

Las Arpías y el alimento que se pierde

Con las Arpías, el peligro llega por el aire. Hesíodo nombra a Aelo y a Ocípete y asocia su vuelo a la velocidad de los vientos y de las aves. El movimiento súbito figura ya entre sus rasgos esenciales.

En la historia de Fineo, la amenaza se vuelve muy concreta. Según la Biblioteca, los dioses habían enviado a estos seres alados contra el adivino ciego. Cada vez que se le preparaba la mesa, bajaban y se llevaban la mayor parte de la comida. Lo poco que quedaba despedía tal hedor que nadie podía tocarlo.

La privación se repite en un acto cotidiano del que depende la supervivencia. Fineo tiene la comida delante, casi a su alcance. Pero sabe lo que vendrá después. Cabe reconocer aquí la inseguridad que engendra una amenaza cuando vuelve una y otra vez, incluso a un espacio destinado al descanso.

A las Arpías las persiguen Zetes y Calais, los hijos alados de Bóreas que participan en la expedición de los argonautas. El autor de la Biblioteca conserva desenlaces distintos y atribuye a Apolonio de Rodas la versión según la cual llegan a las Estrófades y se salvan, una vez prestado el juramento de que dejarán de dañar a Fineo. La liberación del adivino llega cuando se las aleja de su mesa.

El miedo adquiere rostro

Junto a las criaturas que inspiran terror encontramos también a Fobos, el Miedo como potencia personificada, especialmente vinculada a la batalla. En el canto XV de la Ilíada, Ares ordena a Deimos y a Fobos que unzan sus caballos. Las dos figuras intervienen en la acción épica como sus acompañantes, según señala también el análisis del Center for Hellenic Studies.

La personificación confiere a la emoción la presencia de una fuerza capaz de moverse en la escena. En el campo de batalla, el miedo incide directamente en la conducta del guerrero, en su capacidad de mantener la posición. En el relato recibe un nombre y actúa junto al dios de la guerra.

Muchos siglos después, un mosaico de Halicarnaso presenta el rostro aterrador en el centro de una composición circular. El catálogo del Museo Británico identifica la máscara con Fobos y fecha la obra en el siglo IV d. C., en época romana tardía. A su alrededor se despliega un rosetón de doce pétalos negros, con triángulos de color castaño rojizo en los intersticios.

En la fotografía destacan los ojos desorbitados, la boca abierta y los mechones ondulados en torno al rostro. Los tonos ocres alternan con teselas castaño rojizo y oscuras. La pequeña máscara central ocupa una parte reducida de la superficie, y sin embargo es allí donde se posa primero la mirada.

La identificación con Fobos no basta por sí sola para determinar la función exacta de la representación en su contexto original. En la imagen conservada sí podemos seguir cómo se organiza la decoración a su alrededor. Más allá de los pétalos negros continúan bandas concéntricas con ovas y motivos vegetales. En las cuatro esquinas, hojas de tono claro con tallos sinuosos llenan los campos oscuros entre el círculo y el marco cuadrado.