Anaxágoras de Clazómenas: el filósofo del Nous en Ribera y Langetti

Anaxágoras de Clazómenas como anciano de torso desnudo, con el brazo alzado y un compás sobre un globo celeste, bajo un cielo nublado
Atribuido a Giovanni Battista Langetti (1625-1676), El filósofo Anaxágoras, h. 1660. Óleo sobre lienzo, 99,7 × 134 cm. Philadelphia Museum of Art, n.º de inventario W1904-1-25, adquirido con el W. P. Wilstach Fund, 1904. Reproducción digital: Philadelphia Museum of Art, a través de Wikimedia Commons. Dominio público.

Con el brazo derecho alzado por encima de la cabeza, en un movimiento que tuerce el hombro y deja que la camisa rasgada se abra hasta la mitad del torso, el anciano de un cuadro del siglo XVII conservado en el Philadelphia Museum of Art sujeta un compás por la cabeza y baja sus puntas hacia la superficie de un globo celeste. El museo atribuye el óleo, que fecha hacia 1660, a Giovanni Battista Langetti e identifica al personaje con Anaxágoras de Clazómenas (h. 500-428 a. C.), el filósofo presocrático que fue el primero de su oficio en vivir en Atenas y el primero, hasta donde sabemos, en explicar los eclipses por la interposición de un cuerpo celeste delante de otro. Una generación antes, en 1636, José de Ribera lo había pintado de otro modo: inclinado sobre un voluminoso libro, con las ropas remendadas. Retratos imaginarios ambos, cada uno lee desde un ángulo distinto una tradición que arranca de los escasos fragmentos del propio filósofo y llega, a través de Platón y Aristóteles, hasta los biógrafos de la Antigüedad tardía.

De Clazómenas a la Atenas de Pericles

Vástago de una familia acomodada y aristocrática de Clazómenas, ciudad de la costa occidental de Asia Menor, Anaxágoras cedió, según la tradición, el patrimonio paterno a sus parientes para consagrarse a la filosofía. Las anécdotas que reunió Diógenes Laercio en sus Vidas de los filósofos forjaron muy pronto la imagen del pensador indiferente a todo lo que no tuviera que ver con el cielo: a los parientes que le reprochaban su descuido les respondió preguntando por qué no se ocupaban ellos mismos de los bienes; a quien le preguntó si no le importaba su patria le señaló el cielo diciendo que le importaba muchísimo; y cuando le pidieron que dijera para qué había nacido, contestó que para contemplar el sol, la luna y el cielo. Son relatos de la literatura biográfica difíciles de contrastar históricamente, pero valiosos como testimonio de cómo lo recordaba la Antigüedad, y volveremos a encontrarlos ante los dos cuadros.

Tenía veinte años, escribe el mismo biógrafo, cuando Jerjes cruzó el Helesponto, en el 480 a. C., dato del que se deduce su nacimiento hacia el 500 a. C. Más allá de ese punto, casi todas las etapas de su vida se desplazan según el estudioso, como muestra con detalle la entrada correspondiente de Patricia Curd y John Sisko en la Stanford Encyclopedia of Philosophy. Para su llegada a Atenas se han propuesto fechas que van del 480 a. C., improbable para una ciudad entonces envuelta en una guerra, al 456 a. C., defendida por Mansfeld y seguida por otros investigadores, mientras que una reconstrucción diferente, la de Janko, sitúa al filósofo en Lámpsaco como protegido de Temístocles en los años 466-460 a. C., antes de llegar a Atenas e integrarse en el entorno de Pericles. En la ciudad, donde permaneció entre veinte y treinta años como amigo y protegido de Pericles, sus ideas circularon mucho más allá del círculo estrecho de sus interlocutores: las conocían Sófocles y Eurípides, quizá también Esquilo, y sin duda el comediógrafo Aristófanes.

Escribió un único libro, que, como dice Sócrates en la Apología platónica, podía comprarse por una dracma a lo sumo. Su datación oscila del mismo modo, desde la década del 470 hasta el 440 a. C., y la entrada de Stanford considera especialmente convincente la propuesta de Graham, que lo sitúa entre el 478 y el 466 a. C. apoyándose en dos acontecimientos astronómicos que veremos más adelante. Se conservan veintidós fragmentos, 118 líneas de texto en total, transmitidos por filósofos y comentaristas posteriores. En la colección canónica de los presocráticos de Diels y Kranz, Anaxágoras lleva el número 59. Según Diógenes, la obra comenzaba con la afirmación de que todas las cosas estaban juntas hasta que llegó el Nous y las ordenó, y de ese comienzo le vino al filósofo el apodo de «Nous».

La acusación de impiedad y Lámpsaco

El sol, al que la religión tradicional honraba como a un dios, era para Anaxágoras una piedra incandescente, y esa tesis, junto con otras consideradas peligrosas, le valió una acusación de impiedad. Sobre las circunstancias del proceso, los relatos antiguos divergen hasta tal punto que Diógenes recoge las versiones una tras otra sin decantarse por ninguna. Según Soción, el acusador fue Cleón, y el filósofo, que había llamado al sol masa de metal incandescente, fue condenado a una multa de cinco talentos y al destierro. Según Sátiro, lo acusó Tucídides, adversario político de Pericles, que a la impiedad añadió el cargo de connivencia con los persas, de modo que Anaxágoras fue condenado a muerte en rebeldía. Hermipo hablaba de prisión y de liberación tras una apelación de Pericles al pueblo; Jerónimo, de una absolución debida más bien a la simpatía de los jueces.

Los estudiosos modernos han situado el proceso en el 450, el 437, el 434 o el 430 a. C. La última fecha, que los autores de la entrada consideran la más probable, vincula el asunto con un periodo en que las campañas fallidas del 431 y el 430 a. C. y el estallido de la peste habían debilitado la posición de Pericles, dejando expuestas con él a personas de su entorno, entre ellas Fidias y Aspasia. Plutarco relaciona la persecución con el decreto de Diopites, dirigido contra quienes no creían en los dioses y enseñaban acerca de los fenómenos celestes. En el mismo contexto se lee una frase que Sátiro atribuye al filósofo cuando supo en la cárcel, a la vez, de su condena y de la muerte de sus dos hijos: que ya sabía que eran mortales desde el momento en que los engendró. Pronunciada en plena peste, que también arrebató a Pericles sus propios hijos, suena menos fría que si se trasladara a otro año.

Establecido en Lámpsaco, en la orilla meridional del Helesponto, murió allí en el 428 a. C. Los lampsacenos lo enterraron con grandes honores. Cuando, cuenta Diógenes, le preguntaron qué deseaba que se hiciera para honrar su memoria, pidió que los muchachos de la ciudad tuvieran cada año vacación en el mes de su muerte, costumbre que aún se mantenía en tiempos del biógrafo.

Todo en todo: la física de Anaxágoras

Su pensamiento se movió entre dos tradiciones. Por un lado, los milesios, Tales, Anaximandro y Anaxímenes, habían intentado explicar el mundo mediante regularidades del propio sistema natural, sin recurrir a dioses personificados, y en esa línea se inscribe Anaxágoras, en cuyos fragmentos conservados no aparece la palabra «dios». Por otro, Parménides había sostenido que lo que no es no puede ser y que, en consecuencia, la generación y la corrupción son imposibles. El de Clazómenas acepta esa prohibición, pero la interpreta a su manera: los griegos, escribe en uno de los fragmentos (B17), no piensan correctamente sobre el nacer y el perecer, porque nada nace ni perece, sino que se mezcla y se separa a partir de lo que ya existe, y sería más correcto llamar mezcla al nacer y separación al perecer. El movimiento, en cambio, que el eleata rechazaba, le resulta imprescindible a Anaxágoras, y en ese punto se aparta de él.

El principio más asociado a su nombre se formula en otro fragmento (B11): en cada cosa hay una porción de cada cosa. Un lingote de oro contiene, según esta lógica, tierra y agua, carne y pelo, porciones de todas las clases básicas de materia, que, para coexistir en todas partes, han de penetrarse unas a otras. La nutrición ofrecía un ejemplo casi de manual. Cuando un niño come pan y bebe leche y su cuerpo gana carne, sangre y huesos, el cambio no se debe a la transformación de una sustancia en otra, puesto que esos componentes ya estaban en el alimento y simplemente se acumulan. La pregunta «¿cómo podría nacer el pelo de lo que no es pelo?», que conserva un escoliasta anónimo de Gregorio Nacianceno, resume el razonamiento, aunque la autenticidad del fragmento se ha puesto en duda.

Si todo está en todo, queda por explicar por qué el oro parece oro. La respuesta se halla en el fragmento B12: cada cosa es y era manifiestamente aquello de lo que contiene más. Esto no significa, como a menudo se supone, que el componente predominante deba superar la mitad de la masa; basta con que supere a cada uno de los demás componentes por separado. La posibilidad de una separación completa, que anularía la mezcla universal, queda excluida por su tesis sobre lo infinito: de lo pequeño no hay un mínimo, sino siempre algo más pequeño, y de lo grande siempre algo mayor (B3). Menos claras son las «semillas» que menciona el fragmento B4b, interpretadas unas veces como semillas biológicas y otras como término para las sustancias básicas mismas, de las que, en cierto modo, brota todo lo demás. El término «homeomerías», por último, con el que la tradición posterior resumió su sistema, se debe con toda probabilidad a Aristóteles y no al propio Anaxágoras.

El Nous y el torbellino cósmico

Entre todo lo mezclado, solo una cosa permanece sin mezcla. El Nous, según el fragmento más extenso que se conserva (B12), es ilimitado y autónomo y no se ha mezclado con cosa alguna, porque, si se hubiera mezclado, las cosas con las que estuviera mezclado le impedirían dominarlas, mientras que ahora, siendo solo por sí mismo, lo más sutil y puro de todo, posee pleno conocimiento de todo y tiene la mayor fuerza. Fue él quien puso en marcha la rotación, que comenzó en una región pequeña, ahora gira más ampliamente y girará más aún, y fue él quien ordenó cuanto había de ser, cuanto fue y ya no es, cuanto es y cuanto será, junto con la revolución en la que giran los astros, el sol, la luna, el aire y el éter. El torbellino, al expandirse, redistribuye la materia y hace emerger los distintos objetos del mundo, y en otro fragmento (B4a) el filósofo habla de hombres que habitan ciudades y cultivan la tierra, con sol y luna «como entre nosotros», formulando una tesis de múltiples mundos semejantes cuya topografía no se aclara en ninguna parte.

Este principio, que prometía más de lo que daba, provocó la decepción más célebre de la filosofía antigua. En el Fedón de Platón, Sócrates cuenta cuánto se alegró al oír que el Nous lo ordena todo, esperando aprender del libro de Anaxágoras por qué es mejor que las cosas sean como son, y cómo, al leerlo, vio que el autor no se servía del Nous para explicar el orden del mundo, sino que invocaba como causas el aire, el éter, el agua y otras muchas cosas extrañas. Aristóteles repitió la crítica, pero escribió también la frase que fijó el lugar de Anaxágoras en la historia del pensamiento: cuando afirmó que el intelecto está presente en la naturaleza, como en los animales, como causa del mundo y de todo su orden, pareció un hombre sobrio entre quienes antes de él hablaban a la ventura (Metafísica I 3, 984b15).

Qué era exactamente el Nous es algo en lo que la investigación moderna no se ha puesto de acuerdo. Para algunos intérpretes se trata de una materia especial, sutilísima; para otros, de un intento de describir algo inmaterial antes de que existiera un lenguaje para ello, mientras que una tercera lectura ve en él la ley natural misma. La mayoría de los estudiosos actuales, frente al juicio del Sócrates platónico, lo entienden como causa teleológica: Sedley, con énfasis en una orientación antropocéntrica de la cosmogonía; Laks, como discriminación cognitiva continua de los componentes. Un fragmento de Filodemo procedente de los papiros de Herculano (PHerc. 1428), no incluido en la colección de Diels y Kranz y editado por Vassallo, atribuye a Anaxágoras la idea de que el movimiento debido al Nous fue, es y será siempre, es decir, que la cosmogonía no tuvo un primer instante. La huella del principio es bien legible en el intelecto cósmico del Timeo platónico, en el motor inmóvil de Aristóteles y en su teoría del intelecto humano en el tratado Acerca del alma.

Eclipses, meteoritos y el sol como piedra incandescente

La explicación de los eclipses por interposición, por la ocultación de un cuerpo por otro, parece haberse apoyado en la observación y en testimonios. El 17 de febrero del 478 a. C., un eclipse anular de sol, visible desde Atenas, Clazómenas y Lámpsaco, proyectó su sombra sobre la mayor parte del Peloponeso, y los marinos que surcaban el Egeo pudieron transmitir la noticia. De informes de ese tipo proceden quizá dos afirmaciones que se le atribuyen, por lo demás curiosamente concretas: que la luna es tan grande como el Peloponeso y que el sol es mayor que la luna. Por ello, el eclipse del 478 se considera el límite cronológico inferior para la redacción de su libro.

Fue también el primero en sostener que en el cielo hay cuerpos sólidos y pesados, sostenidos por la violenta rotación del torbellino, y que algunos, venciendo su fuerza, caerán un día a la tierra. Pocos años después, en el 466 a. C. según Plinio, mientras un cometa se dejaba ver en el cielo nocturno, una piedra del tamaño de un carro cayó en Egospótamos, en la costa del Helesponto opuesta a Lámpsaco, y Anaxágoras ganó fama de haber «predicho» la caída. Diógenes escribe que había anunciado que caería una piedra del sol, y que Eurípides, a quien considera discípulo de Anaxágoras, llama al sol terrón de oro en el Faetonte. Ese mismo año trajo además, según el análisis que adopta la entrada de Stanford, una refutación: su teoría de los cometas, que el filósofo explicaba como conjunción de planetas, quedaba desmentida por el cometa Halley, visible en todo el Mediterráneo de junio a agosto del 466 a. C., circunstancia que aboga por la publicación del libro antes de ese año. Con el mismo criterio naturalista explicaba el trueno y el rayo, los torbellinos, el granizo y las crecidas del Nilo, que atribuía al deshielo de las nieves en las montañas de Etiopía, mientras que se imaginaba la tierra plana, en forma de tambor.

Un episodio que narra Plutarco muestra cómo la teoría llegó al círculo de Pericles. El 3 de agosto del 431 a. C., cuando la flota se disponía a zarpar, se produjo un eclipse de sol y el pánico se extendió entre las tripulaciones. Pericles colocó su manto delante de los ojos del aterrorizado piloto y le preguntó si aquello le parecía un presagio terrible; cuando el otro respondió que no, le preguntó qué diferencia había con el eclipse, salvo que lo había causado algo mayor que un manto. En cuanto a los sentidos, Anaxágoras reconocía que su debilidad nos impide discernir la verdad (B21), pero admitía que los fenómenos ofrecen una visión de lo no manifiesto (B21a), y Aristóteles utilizaría más tarde su explicación de los eclipses como modelo de explicación científica en los Analíticos segundos.

Anaxágoras en la pintura del siglo XVII

El descubrimiento y la edición de textos clásicos en los siglos XVI y XVII reavivaron el interés por los filósofos de la Antigüedad, y en Nápoles, donde la aristocracia española del virreinato constituía la clientela más importante de Ribera, la figura del viejo sabio, pobre y humilde, se convirtió en un tema pictórico con demanda propia. El catálogo de LACMA señala, a propósito de un filósofo del mismo grupo de obras, que el pintor representaba a estos pensadores como pobres, subrayando su entrega a fines metafísicos y no materiales, y que el ascetismo que la tradición atribuía a filósofos antiguos, profetas y santos encontraba eco en el público católico español. Diógenes Laercio, por último, fue fuente no solo de anécdotas, sino también de indicios fisonómicos, y a partir de tales descripciones se siguen proponiendo identificaciones de figuras sin inscripción.

El compás y el globo celeste en el cuadro de Filadelfia

La ficha del museo titula la obra The Philosopher Anaxagoras, la fecha hacia 1660 y la asigna, con la reserva de «atribuido», a Giovanni Battista Langetti (1625-1676). Óleo sobre lienzo de 99,7 × 134 cm, con número de inventario W1904-1-25, ingresó en la colección en 1904 por compra con cargo al fondo W. P. Wilstach. En su breve nota, el museo sitúa a Anaxágoras en el siglo IV a. C., mientras que los testimonios antiguos y la bibliografía filosófica coinciden en los años h. 500-428 a. C., es decir, en el siglo V. Como rasgos de la figura menciona su fama por descubrimientos astronómicos y matemáticos y su vida ascética, que el pintor indica mediante la vestimenta de piel animal. La identificación, por otra parte, no es la única que se ha propuesto, pues en algunos registros de la reproducción digital de la obra figura también el nombre de Arquímedes.

Horizontal, la composición se abre a la izquierda a un cielo tormentoso con nubes de un blanco grisáceo y retazos de azul intenso, sobre un horizonte bajo y oscuro, mientras la figura, dispuesta en diagonal, llena el centro. La luz incide con fuerza sobre el torso desnudo y la camisa blanca, rasgada y colgando abierta, y en el hombro, junto al globo, se distingue la piel de la vestimenta. El rostro, enmarcado por una larga barba grisácea con reflejos cálidos, se ve en escorzo, con la mirada vuelta hacia el globo. El brazo derecho se dobla sobre la cabeza y sostiene el instrumento por su extremo superior, mientras el izquierdo pasa por delante del cuerpo y se apoya en una hoja doblada o un libro en la parte inferior izquierda. El globo, sobre un oscuro soporte torneado y rodeado de anillos, lleva dibujadas figuras de constelaciones, entre ellas una larga línea sinuosa como el cuerpo de una serpiente, y pequeñas marcas rojizas. En la mesa de la derecha, un pequeño tintero con una pluma blanca y un papel desenrollado con una línea de letras que en la reproducción disponible no se leen.

Frente al lector de Ribera, el filósofo de Langetti aparece al aire libre, bajo un cielo abierto, en el momento de medir. La elección puede leerse como traducción plástica de las anécdotas de Diógenes, la del hombre que señala el cielo como su patria y declara que nació para contemplar el sol, la luna y los cielos, aunque no sabemos si el pintor o su comitente tenían en mente precisamente esos pasajes.

El libro y las ropas remendadas en el cuadro de Ribera

Anaxágoras anciano de perfil, con cabello blanco rizado y ropa remendada, lee un libro abierto con figuras geométricas
José de Ribera (1591-1652), Anaxágoras, 1636. Óleo sobre lienzo, 120 × 95 cm, colección particular. Fuente de la reproducción digital: caravaggio.com, a través de Wikimedia Commons. Dominio público.

En 1636 quedó anotado en los libros del Banco dello Spirito Santo de Nápoles un pago de cien ducados, anticipo de un total de quinientos, de Lorenzo Cambi y Simone Verzone a «Gioseppe de Ribera», por doce cuadros de cinco palmos de alto y cuatro de ancho, en cada uno de los cuales el pintor debía pintar de su mano un filósofo, para uso del «conte Carlo Felesbergh», es decir, del príncipe Karl Eusebius von Liechtenstein, con un plazo de entrega de seis meses. El documento, publicado en 1983 por Eduardo Nappi y comentado en 1986 por Craig Felton en The Burlington Magazine, se cita en el catálogo de la colección Clowes del museo de Indianápolis, en la ficha de un filósofo de Ribera identificado muy probablemente con Euclides, firmado y fechado en 1637. De los doce cuadros se entregaron finalmente seis, que permanecieron en las colecciones de los príncipes de Liechtenstein hasta 1954, año en que se dispersaron. El Euclides de Indianápolis mide aproximadamente 124,7 × 98,7 cm y el filósofo de LACMA 124,3 × 99,1 cm.

El Anaxágoras, óleo sobre lienzo de 1636 de 120 × 95 cm, se encuentra en una colección particular. Vuelta hacia la izquierda, de perfil, la figura inclina la cabeza sobre un grueso libro que sostiene con ambas manos, una de ellas por debajo. El cabello blanco y rizado y la barba blanca, la frente y la mejilla reciben la luz que llega desde arriba a la izquierda, la misma luz que blanquea las páginas, en las que se dibujan figuras geométricas lineales, mientras el fondo permanece oscuro y casi uniforme. La áspera túnica parda está remendada en el hombro y en el brazo con trozos de tela más clara, y por debajo asoman un cuello gris azulado y una manga roja. En el borde de la mesa, en primer plano, unas hojas de papel dobladas muestran también tenues huellas de líneas. Sobre ellas, en la zona oscura bajo la mano que sostiene el libro, una inscripción de pincelada clara no puede leerse con seguridad en la reproducción disponible.

Los remiendos de la ropa pertenecen a la convención del sabio pobre que Ribera cultivó en todas sus series de filósofos. En el caso de Anaxágoras, sin embargo, la convención adquiere una resonancia particular si se recuerda el relato del joven acaudalado de Clazómenas que dejó sus bienes a los parientes. Las figuras geométricas de las páginas, por su parte, vinculan al personaje con su fama de matemático y astrónomo, la misma que invoca el museo de Filadelfia para el cuadro de Langetti. La pertenencia de la obra al encargo del príncipe está documentada en el catálogo de la colección Clowes, donde el Anaxágoras figura entre los seis cuadros entregados y se menciona entre las figuras identificadas por inscripciones.

Fuentes y bibliografía

  • Curd, P., y Sisko, J. (2026). Anaxagoras. Stanford Encyclopedia of Philosophy, Stanford University (primera publicación en 2007; revisión sustancial del 9 de agosto de 2026).
  • Diogenes Laertius (1925). Lives of Eminent Philosophers, libro II, cap. 3 (Anaxágoras). Trad. de R. D. Hicks. Loeb Classical Library, Harvard University Press.
  • Los Angeles County Museum of Art. Jusepe de Ribera, A Philosopher (1637), n.º M.91.125.2, ficha de la colección.
  • Philadelphia Museum of Art. The Philosopher Anaxagoras (h. 1660), ficha de la colección.