San Adalberto de Praga: vida y memoria europea

San Adalberto de Praga con mitra y libro abierto junto a san Procopio, sobre fondo de oro.
San Adalberto de Praga y san Procopio de Sázava. Maestro de Eggenburg, h. 1490-1500, óleo sobre tabla de abeto rojo con fondo de oro. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York, n.º 44.147.1. Dominio público.

San Adalberto de Praga, conocido en la tradición checa como Vojtěch y en la polaca como Wojciech, fue obispo de una ciudad cuya organización cristiana estaba todavía en formación, aunque su actividad desbordó Bohemia y se inscribió en un espacio europeo donde la misión eclesiástica dependía estrechamente de las relaciones entre los príncipes. Nacido hacia 956 y muerto el 23 de abril de 997, durante su misión entre los prusianos, alcanzó tras su muerte un lugar singular en la historia de Europa central. Su vínculo con lugares muy distintos explica también que las fuentes le den varios nombres, todos referidos a la misma persona.

De Bohemia a la sede de Praga

En el linaje de los Slavník, asentado en Libice, en Bohemia, nació el futuro obispo, hijo de Slavník y de Střezislava. Ese origen le abría el camino de la formación, pero al mismo tiempo lo situaba en la red de las familias poderosas de la región, de las que una carrera eclesiástica difícilmente podía mantenerse al margen. Los relatos hagiográficos relacionan su consagración a la Iglesia con una grave enfermedad sufrida en la infancia y con una promesa de sus padres, motivo que forma parte del modo en que los biógrafos solían presentar la vocación temprana de un santo.

Sus estudios en Magdeburgo lo pusieron en contacto con la cultura eclesiástica latina y con el arzobispo Adalberto, cuyo nombre adoptó. De vuelta en Bohemia ingresó en el clero y, a la muerte de Thietmar, primer obispo de Praga, fue elegido para sucederle; su consagración episcopal se sitúa en 983. Fue, por tanto, el segundo obispo de Praga, en una época en que la sede dependía eclesiásticamente de Maguncia.

Ocupa un lugar destacado en la tradición de su vida la imagen del pastor severo que destinaba sus bienes a los pobres y se oponía al comercio de cautivos cristianos. Conviene advertir, sin embargo, que tales descripciones nos han llegado sobre todo a través de textos escritos para exaltar su santidad, en los que los conflictos del obispo con su entorno adquieren además una función ejemplar: muestran lo arduo de la responsabilidad pastoral.

Las retiradas de la sede y la vida monástica

Las dos estancias de Adalberto en Italia figuran entre los puntos más discutidos de su biografía. En Roma se instaló en el monasterio de los Santos Bonifacio y Alejo, en el Aventino, donde la vida monástica le ofrecía un marco muy distinto del gobierno de una diócesis, sin que ello supusiera que su relación con la sede de Praga hubiera quedado definitivamente rota.

Según la revisión cronológica del historiador David Kalhous, la primera estancia romana se extiende desde la segunda mitad de 989 hasta mediados de 992, y la segunda, desde el otoño de 995 hasta junio de 996. El investigador propone incluso entender la primera partida más como una peregrinación que como una simple huida ante un conflicto inminente, mientras que en la segunda reconoce con mayor claridad la amenaza de un peligro. El estudio en cuestión muestra hasta qué punto puede cambiar la lectura de una vida cuando se someten a examen los intervalos temporales y las intenciones de quienes la narraron.

El regreso a Praga y la nueva partida han de leerse, pues, a la luz de las condiciones de la época, cuando la imposición de las normas eclesiásticas afectaba a prácticas sociales arraigadas y podía topar con la resistencia de personajes influyentes. Atribuir todas esas dificultades únicamente al carácter del obispo, o en bloque a la conducta de un pueblo, empobrecería una historia de la que solo conservamos testimonios fragmentarios.

Cómo leer sus primeras vidas

Conocemos la vida de Adalberto sobre todo por dos tempranas composiciones hagiográficas latinas: la Vita prior, atribuida tradicionalmente a Juan Canapario, y la vida que escribió Bruno de Querfurt. Su proximidad temporal a los hechos les confiere un valor particular; su condición de vidas de santo, en cambio, obliga a examinar a la par el material histórico y la manera en que se organiza el relato.

Sobre la redacción de la Vita prior, en concreto, se han propuesto interpretaciones divergentes acerca de su autor y del ambiente en que surgió, y se conservan varias versiones del texto. El debate afecta también a la imagen del propio personaje, ya que la elección de un episodio, el desarrollo de un conflicto o el énfasis en su vocación monástica podían servir a un modelo concreto de santidad.

La misma cautela exigen los relatos sobre su relación con Hungría y el bautismo del futuro rey Esteban, ampliamente incorporados a su biografía eclesiástica. Esa tradición puede mencionarse como tal, dejando abierta la cuestión de su fecha exacta y de sus circunstancias, en lugar de emplearse para colmar con certeza las lagunas de su trayectoria.

La misión entre los prusianos y el martirio

Con el apoyo del soberano polaco Boleslao I, Adalberto se dirigió en 997 hacia el Báltico meridional para predicar a los prusianos. Se trata de los antiguos pueblos bálticos emparentados con los lituanos, cuya identidad debe distinguirse de la posterior Prusia alemana, de modo que el relato no se salga de la geografía ni de las circunstancias políticas del siglo X.

La misión encontró rechazo y terminó con su muerte el 23 de abril de 997. Los relatos describen un ataque armado y una decapitación, aunque el lugar exacto y algunos pormenores de sus últimos días siguen siendo objeto de debate. Sus compañeros sobrevivieron y llevaron la noticia, lo que permitió conservar el recuerdo de la misión y buscar sus restos.

Aquí la distancia histórica pesa de manera especial. Las descripciones posteriores de la religión de los prusianos proceden a menudo de autores cristianos con experiencias y propósitos diversos; trasladarlas sin más a la época de Adalberto puede dar una imagen uniforme de unas sociedades cuyas diferencias internas apenas conocemos.

Gniezno y la formación de su culto

Boleslao consiguió que le devolvieran el cuerpo y le dio sepultura en Gniezno, donde la tumba se convirtió pronto en centro de peregrinación. El conocido relato según el cual se pagó por el rescate tanto oro como pesaba el cuerpo pertenece a la tradición que rodeó la traslación de las reliquias y expresa de forma muy gráfica el valor que se les reconocía.

En 999 se sitúa su canonización por el papa Silvestre II, y en el año 1000 el emperador Otón III acudió como peregrino a su tumba. La visita se asoció a la fundación del arzobispado de Gniezno y al fortalecimiento de la posición eclesiástica del principado polaco, en un contexto en el que el culto a un mártir podía influir también en el reconocimiento público de un lugar. Monika Salmon-Siama examina esa relación en su estudio sobre el nacimiento de su culto en la Polonia medieval.

Estampa en blanco y negro de san Adalberto con mitra y báculo entre inscripciones latinas.
San Adalberto en una hoja de la obra «Series Archiepiscoporum Gnesnensium…» de Stefan Damalewicz, Varsovia, 1649. Instituto Nacional Ossoliński, Breslavia, XVII-3809. Dominio público.

En la Iglesia católica su memoria se celebra el 23 de abril, con especial relieve en los países de Europa central. La misma fecha figura en calendarios ortodoxos, y en las comunidades que siguen el calendario juliano el 23 de abril eclesiástico corresponde hoy al 6 de mayo del calendario civil. Su presencia en ambas tradiciones se debe a que pertenece al grupo de santos que vivieron antes del cisma de 1054.

Su figura en la pintura y en el relicario

En la tabla del Maestro de Eggenburg, de hacia 1490-1500, Adalberto aparece a la izquierda con mitra y báculo, sosteniendo un libro abierto, y a su lado está san Procopio de Sázava. El fondo de oro y las vestiduras sitúan a las figuras dentro del lenguaje pictórico del arte europeo bajomedieval, varios siglos después de la vida de los personajes representados. La obra se conserva en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

Busto relicario de plata de san Adalberto con decoración dorada y mitra con piedras de colores.
Busto relicario de san Adalberto, h. 1500, donación de Vladislao II. Tesoro de la catedral de San Vito, Praga. Fotografía: Packare, 12 de febrero de 2015, CC0.

Un uso distinto de su figura se observa en el relicario del tesoro de San Vito, en Praga, donde aparece como un busto de plata parcialmente dorada, con una mitra adornada con piedras. La donación de Vladislao II consta en el inventario del tesoro de 1503, y otros documentos relacionan la factura de los bustos de los santos patronos locales con trabajos de los años 1498-1500. Para entonces la figura del obispo formaba ya parte de la vida litúrgica de la catedral, pues en las grandes fiestas los relicarios se colocaban sobre el altar mayor.

Fuentes y bibliografía