El kourbani de Agia Paraskevi (Lesbos): san Caralampio, el kiskek y los jinetes

Una mujer con un niño y un hombre a lomos de caballos blancos engalanados junto a mesas de comercios en un empedrado de noche.
Caballos blancos engalanados entre las mesas de una calle empedrada e iluminada. Imagen que acompaña la presentación de la participación ecuestre en la fiesta del Toro.

En Agia Paraskevi, en la isla de Lesbos, la fiesta de san Caralampio quedó ligada a la ofrenda votiva de un toro, cuya carne servía para preparar el kiskek, la comida comunitaria de los romeros. En torno a esa ofrenda se organizó una celebración que desbordaba el lugar de peregrinación y se extendía por las calles y los cafés del pueblo. Quienes habían emigrado regresaban para la fiesta, se reencontraban con sus parientes y participaban en los actos, conservando así unos lazos que la vida cotidiana en el extranjero hacía difíciles de mantener. Es precisamente esta relación entre la fiesta y la emigración la que examina de forma específica la investigación sobre la «fiesta del Toro».

De la festividad de febrero a la fiesta de verano

La memoria litúrgica de san Caralampio se celebra el 10 de febrero. La gran fiesta de Agia Paraskevi, sin embargo, sigue un calendario propio. Un registro folclórico más antiguo la sitúa en la última decena de mayo, antes de la Ascensión; el trabajo de campo de Evy Johanne Håland en 1992 la documentó entre el 26 y el 29 de junio, mientras que el estudio de Theodora Charalampi, publicado en 2024, la sitúa ya en la primera semana de julio. En el cambio de fecha influyeron los exámenes escolares y el deseo de atraer a más visitantes, tal como explica el estudio científico correspondiente.

Para los zevgades, los labradores que trabajaban la tierra con sus animales de tiro, la protección del santo afectaba directamente a su sustento. En la piedad popular, la salud y la fecundidad del ganado iban unidas a la esperanza de una buena cosecha. Un buey que se extraviaba o enfermaba podía privar a una casa de la posibilidad de labrar su campo.

La tradición local y la ofrenda del toro

El origen de la fiesta lo explica un relato local que se conserva en varias versiones. Durante el periodo otomano, un labrador de Agia Paraskevi buscaba su buey perdido en la zona de Tavros cuando se topó con un bandolero. Según la tradición, se salvó gracias a la intervención de san Caralampio y recuperó su animal. El relato prosigue con la llegada del sacerdote y de los notables al lugar del milagro, donde se instituyó la celebración anual. La investigación etnográfica recoge esta historia como la leyenda fundacional de la fiesta.

El kourbani, que en el uso local aparece también como «koulbani», tenía un oferente concreto, pero su destinatario era la comunidad entera. Él corría con el gasto del animal; la comida que se preparaba con su carne se repartía entre los asistentes. Christos Ioannidis, en su tesis doctoral sobre la celebración, interpreta la ofrenda como una donación ritual al pueblo y analiza cómo, a través de ella, los emigrantes renovaban sus vínculos con su comunidad de origen.

El kiskek y el trabajo de la noche

Tras el sacrificio comenzaba, en la forma históricamente documentada de la costumbre, la preparación del kiskek. La carne hervía toda la noche en grandes calderos y la elaboración continuaba con el trigo hasta que el guiso adquiría una textura espesa, casi de gachas. Un estudio etnográfico específico analiza el lugar de la comida comunitaria dentro de la peregrinación y sigue todo el recorrido, desde la ofrenda del animal hasta el reparto del alimento.

En el trabajo de campo de 1992, eran hombres quienes se ocupaban de los calderos. Por la mañana seguían removiendo la mezcla entre el humo, con los ojos llorosos por los fogones. Detrás del plato terminado había horas de trabajo, que continuaban mientras seguían llegando nuevos peregrinos.

Después de la divina liturgia y de la bendición de la comida por el sacerdote venía el reparto. Los asistentes esperaban con recipientes, a menudo para llevarse raciones también para quienes se habían quedado en casa. La unión de la ofrenda votiva con una comida comunitaria se da asimismo en otras fiestas de Lesbos, con diferencias en los ingredientes y en las denominaciones locales.

Las descripciones del sacrificio público requieren, con todo, una datación precisa. Theodora Charalampi señala en su estudio de 2024 que, tras las protestas por el trato dado a los animales, se han suprimido la matanza pública y el reparto de sangre entre los presentes. La observación forma parte de su investigación más amplia sobre las fiestas de Lesbos y los cambios en las prácticas festivas.

Los caballos engalanados y las carreras

En las calles del pueblo, la atención se la llevan los jinetes. El cuidado de los caballos y el adorno de los arreos forman parte de su presencia pública en la fiesta, y los jinetes acompañan los desplazamientos de los romeros.

En la imagen que acompaña al texto se distinguen dos caballos blancos con arreos negros decorados y adornos trenzados de color amarillo anaranjado detrás de las sillas. A la derecha, una mujer va montada con un niño pequeño delante; a la izquierda, un hombre monta el segundo caballo. Las mesas llegan casi hasta los animales, sobre el empedrado iluminado, frente a los comercios.

Las carreras de caballos ocupan un lugar destacado en la fiesta. El registro de 1992 describe competiciones organizadas, con condiciones de participación y entrega de premios, en las que los jinetes corrían a pelo. Para no pocos de los participantes más jóvenes, las carreras eran el principal motivo de su asistencia, y su preparación se prolongaba de una fiesta a otra.

Las kompanías entre los jinetes

Junto a los jinetes se movían también los músicos. El archivo de cultura musical del Egeo Septentrional de la Universidad del Egeo conserva un registro fotográfico de 1996 en el que una kompanía de trompeta, clarinete y daouli (tambor) acompaña a los jinetes en la fiesta del Toro. El mismo archivo incluye un documento de 1995 con otra formación: clarinete y violín, junto con el daouli. Las fotografías recogen agrupaciones musicales concretas y permiten ver cómo convivían instrumentos distintos en una misma fiesta.

Los metales tienen su propio lugar en esta historia musical. En una fotografía de una velada festiva de 1953 aparece un trombón junto a instrumentos de cuerda y otros, mientras que un documento anterior, de 1950, muestra una agrupación con dos trombones. Unas veces los músicos siguen a los jinetes y otras se sitúan entre los corros, de modo que el café y la calle se convierten en prolongación de la juerga.

Fuentes y bibliografía