Solón de Atenas: la vida del legislador entre la historia y la tradición

Solón de Atenas sentado en un paisaje montañoso, con himation rojo, rollo y estilo en las manos, en un cuadro de Blondel
Merry-Joseph Blondel, Retrato de Solón, legislador y poeta de Atenas. Firmado y fechado en 1828, aunque la ficha del Louvre data la obra en 1827. Óleo sobre lienzo, 171 × 160 cm, según el Louvre. Colección del Museo del Louvre, en depósito en el Musée de Picardie, Amiens. Representación posterior e idealizada. Dominio público.

Solón de Atenas es una figura de la Grecia arcaica de la que conservamos, además de lo que contaron de él los autores posteriores, su propia voz: fragmentos, en concreto, de sus elegías y yambos, que han llegado hasta nosotros porque los citaron, en apoyo de sus propios relatos, la Constitución de los atenienses aristotélica en el siglo IV a. C. y Plutarco, el biógrafo de Queronea, unos siete siglos después de los hechos. La biografía del legislador descansa, pues, sobre tres estratos de testimonios de desigual fiabilidad: los versos del propio Solón, en los que el político se justifica y defiende su obra; la historia constitucional de Atenas, que leyó sus leyes con los ojos de la democracia clásica; y, por último, la tradición anecdótica, con sus viajes, sus encuentros con reyes y sus sentencias, que lo incluyó entre los Siete Sabios y le aseguró, siglos más tarde, un lugar en la pintura de la Europa moderna. Deslindar con precisión esos estratos no siempre es posible. Sí lo es, en cambio, indicar en cada paso del relato sobre cuál de ellos se apoya uno.

Linaje y juventud: un noble en el comercio

Sobre su padre los antiguos estaban casi todos de acuerdo: se trataba de Execéstides, hombre, como señala Plutarco en su Vida de Solón, de fortuna y poder político medianos, pero de una casa que hacía remontar su linaje a Codro, el último rey de Atenas según la tradición; un testimonio aislado, que el biógrafo recoge sin hacerlo suyo, daba como padre a un tal Euforión. Su madre, según Heráclides Póntico, era prima de la madre de Pisístrato, parentesco al que el relato posterior cargó con todo el peso de la rivalidad política entre ambos hombres. El año de su nacimiento no se ha transmitido, y las fechas que circulan, hacia el 640 o el 630 a. C., son cálculos retrospectivos a partir de su arcontado y de las tradiciones sobre su edad, no datos directos de las fuentes.

Lo que la tradición destaca de su juventud es el giro hacia el comercio. Su padre, según Hermipo, citado por Plutarco, había mermado su hacienda con beneficios y favores, y el hijo, criado en una casa acostumbrada a socorrer a otros y no a ser socorrida, sentía vergüenza de aceptar ayuda, aunque no le habrían faltado quienes se la ofrecieran de buen grado. Algunos autores antiguos, sin embargo, preferían que los viajes del joven obedecieran más al deseo de saber y de adquirir experiencia que al afán de lucro, interpretación que encaja, quizá demasiado bien, con el sabio de los relatos posteriores; de ahí pasa el biógrafo al verso que Solón, ya entrado en años, solía repetir, que envejecía aprendiendo siempre muchas cosas, «γηράσκειν αἰεὶ πολλὰ διδασκόμενος», según la cita indirecta de Plutarco. Un aristócrata dedicado al comercio no era, por lo demás, ninguna anomalía en el mundo de finales del siglo VII a. C., donde el tráfico marítimo, como observa el propio Plutarco, procuraba amistad con reyes, experiencia de los asuntos y honra.

La elegía de Salamina

El primer acto de su vida pública está ligado a Salamina, la isla que atenienses y megarenses se disputaban en una guerra larga y, para Atenas, desafortunada. Según el relato que conservan Plutarco y Diógenes Laercio, los atenienses, cansados de las derrotas, habían prohibido bajo pena de muerte cualquier propuesta de reanudar la contienda, y Solón, fingiéndose loco, se presentó en el ágora con un gorro de fieltro en la cabeza y recitó una elegía sobre la isla perdida (según Diógenes, llevaba una corona e hizo que la recitara el heraldo), que enardeció a los ciudadanos hasta el punto de que la guerra se reanudó y Salamina pasó a manos atenienses. La escena reúne todos los rasgos de la anécdota ejemplar, y la locura fingida parece una explicación inventada a posteriori para salvar la distancia entre la ley y su transgresión. La elegía, con todo, existió, pues se conservan versos en los que el poeta desea haber sido ciudadano de alguna isla insignificante antes que ateniense, señalado con burla por los demás como uno de los que abandonaron Salamina. Poesía, por tanto, como acción política: un recurso al que Solón no renunciaría ni siquiera cuando tuviera que explicar sus leyes a sus conciudadanos.

La crisis del Ática y el arconte del 594/3 a. C.

Para entender por qué las facciones enfrentadas de Atenas aceptaron, a comienzos del siglo VI a. C., confiar a un solo hombre la reforma del Estado, hay que recordar lo ocurrido antes: el intento fallido de Cilón de hacerse con el poder como tirano, su sangrienta represión a manos del alcmeónida Megacles, la legislación de Dracón, que no atacó la raíz del problema, y, sobre todo, el callejón sin salida del endeudamiento. La mayoría de los pequeños campesinos, como resume D. I. Kyrtatas en Η Ελληνική Αρχαιότητα («La Antigüedad griega»), tomaba préstamos con la garantía de su propia persona, y quien no podía saldarlos acababa como esclavo de su acreedor o era vendido fuera del Ática, mientras la mejor tierra y casi todo el poder político estaban en manos de unas pocas familias. Parte de la investigación relaciona esta situación con los hectémoros, cultivadores que, según la interpretación más extendida, entregaban la sexta parte de la cosecha a alguien más poderoso; quiénes eran exactamente y qué vínculo los unía a la tierra sigue siendo, no obstante, objeto de debate.

Solón ejerció el cargo anual de arconte epónimo en el 594/3 a. C., con el encargo de legislar. La fecha, que los cronógrafos antiguos transmitían de forma concordante, empezó a ponerse en duda cuando en 1891 se publicó el papiro de la Constitución de los atenienses, porque dos pasajes de la obra parecían apuntar a una secuencia cronológica distinta. N. G. L. Hammond sostuvo, en un estudio de 1940, que el texto sitúa el arcontado y la seisachtheia en el 594/3 y un segundo mandato, durante el cual se votó el grueso de las leyes, en el 592/1, mientras que otros investigadores han propuesto incluso una datación más tardía de las reformas. El punto de referencia convencional sigue siendo, en cualquier caso, el 594/3.

La seisachtheia y los hóroi de la tierra

La primera medida, y para sus contemporáneos la más importante, fue la seisachtheia, la «sacudida de las cargas», como indica la propia palabra: se cancelaron las deudas, se prohibió en adelante prestar con la libertad personal como garantía, quedaron libres quienes habían sido esclavizados por deudas y regresaron a su patria quienes habían sido vendidos en tierras extranjeras. El propio Solón, en un poema que nos ha conservado la Constitución de los atenienses, invoca como testigo de su obra a la negra tierra del Ática, de la que, dice, arrancó los hóroi clavados por doquier, de modo que ella, antes esclava, era ya libre. ¿Qué eran exactamente esos hóroi? La opinión más común los entendió como mojones de piedra que hacían pública la carga que pesaba sobre la finca, una hipoteca o la obligación de entregar parte de la cosecha, mientras que Kyrtatas se inclina por la interpretación de tablillas de madera en las que se anotaban las obligaciones de los cultivadores frente a los terratenientes, tablillas cuya retirada liberaba a un tiempo la tierra y a quienes la trabajaban. En un punto, en todo caso, coinciden las fuentes: el legislador se negó al reparto de tierras que exigían los más radicales de entre sus partidarios y dejó así intacta la estructura de la propiedad.

Clases, tribunales y el derecho de todo ciudadano

Más allá de las deudas, Solón reorganizó la relación entre riqueza y poder al distribuir a los ciudadanos en cuatro téle, es decir, clases censitarias, según la producción agrícola anual: pentacosiomedimnos, hippeis, zeugitas y thetes. Los nueve arcontes procedían de las dos clases superiores y los demás cargos se repartían entre las tres primeras en proporción a la renta, mientras que los thetes, los ciudadanos más pobres, participaban en la Asamblea y en los tribunales; el linaje dejaba así de ser la única llave de la participación política, aunque, desde luego, sin perder su peso social, razón por la cual los modernos han llamado timocrático a este sistema. Se atribuyen también a Solón un Consejo de los Cuatrocientos, con cien miembros de cada una de las cuatro tribus, que preparaba los asuntos de la Asamblea, y la Helíea, el tribunal de los ciudadanos. Las leyes de Dracón fueron derogadas, salvo las relativas al homicidio, y las nuevas se inscribieron en ejes giratorios de madera, los áxones, para que estuvieran al alcance de quien quisiera consultarlas.

Consecuencias más profundas, a largo plazo, tuvieron dos innovaciones procesales: el derecho de cualquier ciudadano a acudir a la justicia no solo por un daño propio, sino también en nombre de un tercero o del interés público, y la posibilidad de apelar al tribunal del pueblo. La Constitución de los atenienses, escrita cuando la democracia ateniense ya había culminado su trayectoria institucional, las destaca, junto con la prohibición de los préstamos con garantía personal, como las medidas que más favorecieron al démos; y ese juicio, aunque proyecte sobre el pasado las prioridades del siglo IV, explica por qué los atenienses de la época clásica reconocían en Solón al fundador de su régimen político.

El legislador que rechazó la tiranía

Las reformas no contentaron del todo a ninguna de las partes, pues los ricos perdieron créditos y mano de obra dependiente, mientras que los pobres no obtuvieron la tierra que esperaban. Solón respondió, como siempre, con poemas, en los que se presenta de pie entre los dos bandos, alzando un fuerte escudo, sin dejar que ninguno venciera injustamente, tras haber dado al pueblo tanto poder como le bastaba, ni menos ni más. Sus amigos lo animaron a conservar el poder como tirano, salida en absoluto insólita en las ciudades griegas de la época, y su negativa le valió burlas, que él mismo dejó consignadas en verso: pone en boca de sus críticos que Solón no tenía juicio, porque, cuando la red se le llenó de peces, no tiró de ella, mientras que ellos habrían consentido en ser desollados y en ver extinguido su linaje con tal de gobernar Atenas siquiera un día. Plutarco cita estos versos como testimonio del modo en que lo veían la multitud y los humildes.

Diez años lejos: Egipto, Chipre y Sardes

Tras la legislación, Solón abandonó Atenas. Heródoto, que escribe aproximadamente siglo y medio después, explica que viajó, en apariencia, para conocer el mundo, pero en realidad para no verse obligado a derogar ninguna de sus leyes, ya que los atenienses se habían comprometido bajo juramento a respetarlas durante diez años; la Constitución de los atenienses y Plutarco hablan, en cambio, de cien años de vigencia, discrepancia que muestra hasta qué punto la tradición siguió siendo fluida incluso en cuestiones institucionales. El itinerario incluye Egipto, donde Platón situará sus conversaciones con los sacerdotes de Sais y el punto de partida del relato sobre la Atlántida; Chipre, donde, según Plutarco, convenció al rey Filocipro de trasladar su ciudad a un emplazamiento mejor, que desde entonces se llamó Solos; y Sardes, la capital de Lidia.

El encuentro con Creso es el episodio que dio a Solón su fama en toda Europa y, a la vez, el que peor resiste el examen cronológico. Según el relato de Heródoto, el rey, después de mostrar al ateniense sus tesoros, le preguntó a quién consideraba el más feliz de cuantos hombres había conocido, esperando oír su propio nombre. Solón nombró primero a Telo, un ateniense que vivió en una ciudad próspera, vio crecer a hijos y nietos y murió combatiendo cerca de Eleusis, honrado por sus conciudadanos, y después a Cleobis y Bitón, los hermanos argivos que arrastraron ellos mismos el carro de su madre hasta el santuario de Hera y murieron dormidos tras la fiesta, para concluir que nadie puede ser llamado feliz antes de que se vea cómo termina su vida. El propio historiador cierra el círculo poco después, cuando Creso, vencido por Ciro y subido a la pira, recuerda las palabras del ateniense y grita tres veces su nombre.

Solón de Atenas, anciano descalzo con bastón, habla al rey Creso, entronizado entre cortesanos y tesoros
Gerard van Honthorst, Solón y Creso, 1624. Óleo sobre lienzo, 168,5 × 214 cm. Hamburger Kunsthalle, Hamburgo, n.º de inventario HK-772. Dominio público.

La función moral del relato dentro de la obra de Heródoto es evidente, pero la cronología difícilmente la sostiene, porque la subida al trono de Creso, como la del faraón Amasis, a quien Heródoto vincula con el mismo viaje, se sitúa según las dataciones habituales hacia el 560 y el 570 a. C., respectivamente, es decir, después del final de los diez años de ausencia, si esta siguió inmediatamente a la legislación. Ya Plutarco conocía el problema y declara expresamente que no piensa rechazar un relato tan célebre, tan acorde con el carácter y la sabiduría de Solón, en aras de unos cánones cronológicos que, según observa, una multitud de personas sigue corrigiendo sin haber logrado ponerlos de acuerdo entre sí.

Regreso, Pisístrato y muerte

Cuando Solón regresó, Atenas no se había apaciguado. Las facciones regionales y familiares volvían a enfrentarse, y de su conflicto surgió Pisístrato, pariente suyo por línea materna, quien, invocando sus éxitos militares contra los megarenses, obtuvo una guardia personal y se adueñó del poder bajo el arcontado de Comeas, en el 561/0 a. C. La tradición quiere que el anciano legislador advirtiera en vano a los atenienses y que, cuando ya nada podía cambiarse, depusiera sus armas ante la puerta de su casa, como para declarar que había ayudado a la patria hasta donde le alcanzaban las fuerzas. Pisístrato, de todos modos, no abolió en lo esencial las leyes solonianas y se limitó a procurar que ocuparan los cargos personas afines a él.

En sus últimos años, según Plutarco, Solón había emprendido un gran poema sobre la Atlántida, basado en lo que había oído a los sabios de Sais, pero lo abandonó, no por falta de tiempo libre, sino por temor ante la magnitud de la empresa a tan avanzada edad. Conviene señalar que no se conserva ningún fragmento de semejante obra y que la noticia está ligada al relato platónico. Sobre cuánto vivió tras el triunfo de Pisístrato discrepaban los antiguos: Heráclides Póntico escribía que vivió todavía mucho tiempo; Fanias de Éreso, que menos de dos años, y situaba su muerte bajo el arcontado de Hegéstrato, sucesor de Comeas, es decir, hacia el 560/59 a. C.

Solón en la pintura de la Europa moderna

No se conserva ningún retrato auténtico de Solón, y su figura pasó al arte moderno sobre todo a través de la escena con Creso, tema apreciado por los pintores del siglo XVII en los Países Bajos, donde el contraste entre la riqueza y la sensatez adquiría además un matiz moralizante. En el cuadro de Gerard van Honthorst de 1624, hoy en la Hamburger Kunsthalle, el rey, cargado de pieles, telas recamadas en oro y corona, se sienta entre cortesanos que sonríen con ironía y recipientes llenos de monedas, mientras un cautivo maniatado se arrodilla en primer plano, y frente a él el anciano descalzo habla sosteniendo el bastón junto al mentón. Nikolaus Knüpfer, hacia 1650-1652, traslada el mismo enfrentamiento a una escala menor, con el sabio al pie de la escalinata que conduce a la mesa real, solo y austero, ante un Creso que señala con el cetro sus riquezas.

Solón de Atenas con manto rojo, de pie al pie de la escalinata ante Creso, sentado a una mesa real
Nikolaus Knüpfer, Solón ante Creso, h. 1650-1652. Óleo sobre tabla, 61 × 89,9 cm. J. Paul Getty Museum, Los Ángeles, n.º de inventario 84.PB.640. Dominio público.

Distinta es la intención de Merry-Joseph Blondel en el lienzo firmado en 1828, que prescinde de todo episodio narrativo y pinta al legislador y poeta como un tipo idealizado, sentado en un paisaje montañoso, envuelto en un himation rojo, con un rollo desplegado en una mano y la otra apoyada en la sien, en actitud meditativa, mientras en el soporte de piedra del asiento se distinguen restos de una inscripción griega.

Fuentes y bibliografía

  • Aristóteles. Constitución de los atenienses.
  • Diógenes Laercio. Vidas de los filósofos ilustres, libro I.
  • Heródoto. Historia, libro I.
  • Kyrtatas, D. I., y Rangos, S. I. (2012). Η Ελληνική Αρχαιότητα: Πόλεμος – Πολιτική – Πολιτισμός [La Antigüedad griega: guerra, política, cultura]. Centro de la Lengua Griega, Fundación Stavros Niarchos e Instituto de Estudios Neogriegos.
  • Plutarco. Σόλων [Solón]. Traducción al griego moderno de A. I. Giagkopoulos y Z. E. Malathouni. Mnemosyne, Biblioteca Digital de la Literatura Griega Antigua, Centro de la Lengua Griega.
  • Plutarch (1914). Plutarch’s Lives, Vol. I: Theseus and Romulus, Lycurgus and Numa, Solon and Publicola (B. Perrin, Trans.). Harvard University Press.