
Las ciudades griegas compartían una lengua y unos santuarios comunes, Olimpia o Delfos, y, sin embargo, nunca llegaron a formar un Estado unitario. Roma, en cambio, una ciudad del Lacio sin ninguna ventaja especial en sus comienzos, había sometido a su control a principios del siglo III a. C. la mayor parte de la península itálica. El contraste ha reaparecido tantas veces en la historiografía moderna que ha terminado por darse por sentado. Menos evidentes resultan las explicaciones que se le han dado. La más antigua atribuye la fragmentación al terreno, es decir, a las montañas que separan los valles y al mar que aísla las islas. Una segunda, más difusa, habla de cierta propensión innata de los griegos a la autonomía, como si se tratara de un rasgo de su carácter y no de una actitud política con causas históricas.
La explicación geográfica resiste menos de lo que parece si se la pone a prueba en la propia Italia. Allí los Apeninos recorren la península en toda su longitud, y Roma tuvo que enfrentarse a pueblos que no hablaban su lengua: etruscos, sabinos, ecuos, volscos, samnitas y los griegos de las colonias del sur. Su tarea era, por tanto, doble, someter primero y asimilar después, mientras que Esparta y Atenas, cuando se disputaban la hegemonía del mundo griego, tenían frente a sí a gentes de su misma lengua. La comparación tiene también, desde luego, sus límites. El mundo griego no se reducía al Egeo y al sur de los Balcanes, sino que se extendía desde Masalia hasta las costas del mar Negro, y ningún Estado de la época clásica habría podido controlar una red de ciudades tan dispersa. Pero el hecho de que espartanos y atenienses lucharan durante décadas por la primacía, y de que la guerra del Peloponeso, del 431 al 404 a. C., fuera en esencia una lucha de ese tipo, muestra que la idea de un espacio político unitario no era ajena, al menos en el núcleo de aquel mundo. Faltaba el modo.
La solución romana: una ciudadanía escalonada
Ese modo Roma lo fue forjando paulatinamente, y no sin sangre, en guerras contra sus vecinos que no fueron menos crueles que los enfrentamientos de las ciudades griegas entre sí. El acuerdo impuesto en el 338 a. C., tras la victoria sobre los latinos, que Tito Livio transmite con detalle en su historia de Roma, revela lo poco que tenía que ver esta política con la generosidad. Lanuvio, Aricia, Nomento y Pedo recibieron la ciudadanía romana plena, y Túsculo conservó los derechos que ya tenía. Capua y algunas ciudades de Campania obtuvieron los derechos privados del ciudadano romano, pero sin el voto. A las demás ciudades latinas se les prohibió contraer matrimonio entre sí, comerciar unas con otras y reunirse en asambleas comunes; tener, en suma, cualquier relación que no pasara por Roma.
La integración iba, pues, de la mano del aislamiento, y es precisamente este doble carácter el que explica en gran medida la solidez del sistema romano. Cada comunidad estaba ligada al centro por una relación propia y distinta. La escala de derechos dejaba margen de ascenso a quien se mantenía fiel, y el cuerpo cívico crecía a un ritmo que ninguna ciudad griega conoció. Para el año 293 a. C. Livio consigna un censo de 262 321 ciudadanos. Los investigadores modernos discuten a quiénes exactamente incluían esas cifras, pero el orden de magnitud no deja lugar a equívocos si se compara con las pocas decenas de miles de ciudadanos de la ciudad griega más populosa.
Con esa reserva de hombres se encontró Pirro de Epiro cuando pasó a Italia en el 280 a. C. para socorrer a Tarento. Venció en Heraclea y en Ásculo, con pérdidas que más tarde dieron nombre a la «victoria pírrica», pero la alianza romana no se deshizo. Plutarco pone en boca del enviado de Pirro, el orador tesalio Cineas, la comparación de Roma con la Hidra de Lerna, porque sus ejércitos renacían por mucho que fueran diezmados. Al mismo ciclo de relatos pertenece la escena de Cayo Fabricio Luscino, a quien Pirro, siempre según Plutarco, trató de amedrentar haciendo aparecer de pronto un elefante a su espalda. Ferdinand Bol pintó esa escena en 1656 para el ayuntamiento de Ámsterdam como ejemplo de inquebrantable virtud cívica. Estos relatos se escribieron casi cuatro siglos después de los hechos y presentan todos los rasgos del exemplum moral. Ello no invalida lo esencial: Pirro ganaba batallas frente a un Estado capaz de reponer sus pérdidas, cosa que él no podía hacer.

Sería engañoso, con todo, imaginar la expansión de la ciudadanía romana como un proceso fluido y voluntario. Los aliados itálicos aportaron durante dos siglos soldados a las campañas romanas sin participar en las decisiones. Tuvieron que tomar las armas en la guerra Social del 91-88 a. C. para arrancar la igualdad de derechos que Roma se resistía a concederles, y solo entonces la ciudadanía romana abarcó Italia al sur del Po.
Esparta: una ciudadanía que menguaba
Mientras Roma crecía, Esparta menguaba. Las cifras que nos transmiten los autores antiguos distan mucho de ser censos en el sentido actual, pero todas apuntan en la misma dirección. Heródoto hace decir al rey exiliado Demarato a Jerjes, en el 480 a. C., que los hombres de Esparta eran unos ocho mil. Siglo y medio más tarde Aristóteles anota en la Política que la ciudad ya no llegaba ni a mil, cuando su territorio habría podido, según él, sustentar a mil quinientos jinetes y treinta mil hoplitas. Plutarco, refiriéndose a los años de Agis IV, a mediados del siglo III, escribe en la vida de Agis que no quedaban más de setecientos espartiatas y que, de ellos, apenas un centenar poseía tierra y lote.
El mecanismo de esta contracción no tiene nada de misterioso. La condición de ciudadano de pleno derecho, de «igual» (hómoios) como se decía, presuponía un lote de tierra y una contribución regular a las comidas comunes, las sisitias. Quien ya no podía hacer frente a la contribución descendía a una categoría inferior, sin derechos políticos. No existía un mecanismo sistemático para renovar el cuerpo cívico a partir de los periecos o de los hilotas, y la admisión de extranjeros en el estamento de los espartiatas seguía siendo rarísima. Aristóteles ya veía la raíz del problema en la concentración de la tierra en pocas manos.
Cuando llegó el intento de renovación, llegó tarde. Agis IV propuso la condonación de las deudas y un nuevo reparto de la tierra, y fue ejecutado en el 241 a. C. Pocos años después Cleómenes III aplicó buena parte del mismo programa, concedió la ciudadanía a periecos y formó un cuerpo de cuatro mil hoplitas. Pero fue derrotado en Selasia en el 222 a. C. por el rey de Macedonia Antígono III Dosón, quien, según Polibio, dejó en Esparta como epistates al beocio Braquiles. Los dos reyes reformadores se confunden con facilidad cuando se estudian juntos. Antígono, sin embargo, solo se enfrentó a Cleómenes, puesto que Agis había muerto casi veinte años antes, y aquella derrota colocó a Esparta bajo la influencia macedonia directa.
Atenas: más abierta, pero no abierta

Atenas no conoció la oliganthropía espartana y a menudo se presenta como el ejemplo opuesto: una ciudad donde el meteco podía llegar a ser ciudadano y donde las pérdidas de la guerra se reponían con nuevos ciudadanos. La imagen requiere una corrección. Para su cuerpo cívico Heródoto emplea, en una formulación retórica de comienzos del siglo V, la cifra de treinta mil atenienses. Pero la ley aprobada en el 451/0 a. C. a propuesta de Pericles, según informa la Constitución de los atenienses, restringió la ciudadanía a quienes tuvieran padre y madre atenienses. La naturalización de extranjeros exigía un decreto especial de la asamblea y siguió siendo una excepción. Y la hegemonía de la ciudad, la Liga de Delos que recoge el mapa del 431 a. C., descansaba en tributos y guarniciones, sin previsión alguna para que los aliados participaran de los derechos políticos. La concesión de la ciudadanía ateniense a los samios en el 405 a. C., tras el desastre de Egospótamos, llegó cuando la ciudad ya no tenía flota con que defenderla.
El proceso de los estrategos tras las Arginusas
En esa Atenas, en el vigésimo sexto año de la guerra, se produjo el episodio que suelen invocar quienes quieren mostrar adónde conducía la ausencia de frenos institucionales en la asamblea popular. En el verano del 406 a. C. la flota ateniense venció a los peloponesios en las Arginusas, unos islotes frente a la costa de Asia Menor, delante de Lesbos. En la batalla naval murió el navarco espartano Calicrátidas, y los enemigos perdieron, según Euriptólemo, setenta naves. Jenofonte refiere al principio que los atenienses perdieron veinticinco naves con sus tripulaciones, salvo unos pocos hombres que se salvaron, mientras que más adelante, en el discurso de Euriptólemo, se habla de doce naves perdidas y de cuarenta y siete naves que habían sido destinadas al rescate. Los estrategos encomendaron la operación de salvamento a esas cuarenta y siete naves, al mando de los trierarcos Terámenes y Trasibulo, y ellos mismos zarparon contra el enemigo en Mitilene. Una tempestad, sin embargo, frustró ambos planes, y los náufragos perecieron.
Para lo que sucedió después en Atenas, nuestra fuente principal es el relato de Jenofonte. De los ocho estrategos de la batalla, dos no regresaron. Los seis que volvieron, entre ellos Pericles, hijo del político del mismo nombre y de Aspasia, fueron encarcelados y se defendieron ante una primera asamblea, brevemente y sin el tiempo que fijaba la ley. Aun así, estuvieron muy cerca de convencerla, hasta que la decisión se aplazó porque había anochecido y ya no se distinguían las manos alzadas en la votación. Entretanto se celebraron las Apaturias, la fiesta en la que se reunían los parientes. En la siguiente asamblea el consejo presentó la propuesta de Calíxeno: que los atenienses votaran por tribus, con dos urnas para cada una, sobre la culpabilidad o la inocencia de todos los estrategos a la vez, en una sola votación.
Según el relato de Jenofonte, lo ilegal era el juicio conjunto de todos los estrategos mediante un único voto en lugar de un proceso separado para cada uno, y en torno a ello se organizó la resistencia. Euriptólemo, hijo de Pisianacte y pariente de uno de los acusados, presentó junto con otros una acusación de ilegalidad contra Calíxeno. Pero la multitud gritaba que era intolerable que se impidiera al pueblo hacer lo que quisiera, y cuando Licisco propuso que también los que persistieran en la acusación fueran juzgados con el mismo voto, estos cedieron. De los prítanes, a quienes correspondía someter la cuestión a votación, algunos se negaron al principio, fueron amenazados del mismo modo y cedieron. Solo quedó como excepción Sócrates, hijo de Sofronisco, que declaró que no haría nada contrario a la ley. Euriptólemo propuso entonces que se juzgara a cada uno por separado, conforme al severo decreto de Canono. Recordó además que uno de los estrategos se había salvado él mismo sobre una nave a la deriva y necesitaba, en aquel momento, que alguien lo recogiera. Su propuesta prevaleció en la primera votación, pero una objeción jurada de Menecles condujo a una segunda, en la que se impuso la propuesta del consejo. Los ocho fueron condenados, y los seis que se encontraban en la ciudad fueron ejecutados.
Jenofonte fue contemporáneo de los hechos, pero escribió las Helénicas bastantes años después, como discípulo de Sócrates y con una visible reserva hacia la democracia radical. Su versión hace recaer buena parte de la responsabilidad en Terámenes y en los falsos dolientes que, según él, este envió a la asamblea después de las Apaturias. En puntos decisivos difiere del relato de Diodoro, que escribió tres siglos y medio más tarde basándose, según la opinión dominante, en Éforo. Desde los tiempos de George Grote, el historiador inglés del siglo XIX que asumió la defensa de la democracia ateniense frente a sus detractores, la investigación tendió a preferir a Diodoro, y solo recientemente esa preferencia ha empezado a ponerse en duda. Tampoco el papel de Sócrates se describe del mismo modo en todas las fuentes. En la Apología de Platón y en las Helénicas aparece como uno de los prítanes, mientras que en los Recuerdos de Sócrates de Jenofonte figura como epistates, es decir, como presidente de la asamblea aquel día.
Cierta ensayística antigua atribuyó el arrebato de la asamblea a un cuerpo cívico supuestamente corrompido por nuevos ciudadanos sin vínculos con la ciudad, tesis que no encuentra apoyo en las fuentes. Parece más probable otra interpretación: el proceso mostró lo que podía significar la soberanía de una asamblea de miles de ciudadanos en una ciudad agotada por un cuarto de siglo de guerra, con miles de marinos perdidos en el mar y sin ninguna institución capaz de detener al demos cuando decidía saltarse sus propios procedimientos. Poco después, como señala el propio Jenofonte, los atenienses se arrepintieron y se volvieron contra quienes los habían arrastrado. Al año siguiente, en Egospótamos, la flota que había vencido en las Arginusas fue destruida, privada de muchos de sus estrategos experimentados.
El contrapunto de Clive y sus límites
Un contrapunto de una época completamente distinta ayuda a ver lo que estaba en juego. Robert Clive, militar y gobernador al servicio de la Compañía de las Indias Orientales, había recibido a raíz de su victoria en Plassey, en 1757, regalos por valor de unas 234 000 libras, sobre todo en el marco de la entronización de Mir Jafar, el gobernante al que él mismo había ayudado a alcanzar el poder en Bengala. En mayo de 1773 la Cámara de los Comunes debatió las acusaciones formuladas contra él por la comisión del coronel Burgoyne, tal como recoge la History of Parliament. Según su biógrafo John Malcolm, la Cámara aceptó que había recibido la suma de 234 000 libras, pero rechazó la parte de la moción que lo acusaba de abusar de su poder, mientras que una resolución posterior reconoció que, al mismo tiempo, había prestado grandes servicios a su país.
Puestos uno junto a otro, los dos casos pueden leerse como prueba de que un Estado maduro sabe sopesar la justicia frente al interés, allí donde la asamblea ateniense sacrificó ambas cosas. Pero pueden leerse también al revés, como un caso de impunidad de un hombre poderoso ante una cámara con un cuerpo electoral reducido, en la que el propio Clive controlaba escaños y algunos diputados tenían intereses en la Compañía. Los estrategos de las Arginusas, en cambio, por injusta que fuera su condena, rindieron cuentas ante un cuerpo que incluía a los parientes de los muertos. Las dos instituciones diferían tan radicalmente, una cámara representativa del siglo XVIII frente a una asamblea directa del siglo V a. C., que la comparación ilumina más la cuestión de quién juzga a los poderosos que la de la unidad. Y quizá en esto resida su utilidad para la pregunta inicial: una comunidad política incapaz de proteger a sus propios estrategos de su cólera momentánea difícilmente habría persuadido a otras ciudades de confiarle a sus propios ciudadanos. Clive murió en noviembre de 1774. Calíxeno, según Jenofonte, huyó antes de ser juzgado, regresó a Atenas con los demócratas del Pireo tras la caída de los Treinta y, odiado por todos, murió de hambre.
Fuentes y bibliografía
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- Diodorus Siculus. Bibliotheca historica, XIII, 97-103.
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- Malcolm, J. (1836). The Life of Robert, Lord Clive, vol. III. London: John Murray. Project Gutenberg.
- Plato. Apology, 32b.
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- Plutarch. Pyrrhus, 19-21.
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- Xenophon. Hellenica, I, 6-7. Perseus Digital Library, Tufts University.
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